30 jul 2009

Pa todo el año

Capítulo XXIX

El caso es que una noche después de que fue todo el desmadre con el Comandante ese, yo andaba bien crudo, creo que se me había pasado la mano con el mezcal… Estaba yo ahí en la caseta sudando frío y con un pinche dolor de cabeza de esos que como que te taladran el cráneo, además todavía seguía medio asustado por el asunto del profe.
Como por ahí de las once de la noche me vino a tocar el Güero junto con su primo Víctor, y me dijeron que se andaban echando unas chelas en la tienda del Elías que queda como a dos cuadras del edificio. “¡Vamos no seas mamón!”, me dijo el Güero. “Yo te disparo un seisito ¿cómo ves?”

La verdad si no hubiera andado tan crudo ni habría ido… pero pues, ya sabes cómo se siente uno, como si te hubieras comido un nopal con todo y espinas y te agarra la temblorina como si tuvieras esa enfermedad ¿cómo se llama? ¡Parkinson! Esa mera. Total que me fui con ellos. El profe y la Julia no habían salido del departamento en todo el día y el Comandante ese no se había vuelto a aparecer tampoco.

Tú sabes bien cómo es la banda, después de las chelas empezaron con que una cubita y el Elías sacó una botella de Bacardí que tenía debajo del mostrador. Yo les dije que no, que no podía dejar tanto tiempo sola la caseta, pero al final me convencieron: “Ta bueno”, les dije. “¡Pero una nomás eh!”, y ya luego pues… ya sabes, una llevó a la otra y luego se terminó la botella, y ya encarrerado el ratón, yo invité la siguiente botella de mezcal y así seguimos, no paramos sino cuando se nos acabó el dinero y entonces fue cuando regresé hasta mi madre al edificio como a las siete de la mañana.

Ya estaba amaneciendo pero todavía estaba medio oscuro, yo me iba deteniendo de las paredes para llegar a mi cuarto y ahí fue cuando me tropecé con un bulto; prendí la luz para ver quién había dejado sus bolsas de basura a la mitad del patio y entonces fue cuando vi el charcote de sangre: la Julia esa estaba tirada boca abajo con el pelo todo manchado de rojo y el profe tenía un cigarro prendido y se había sentado al lado de la muerta.

“¿Qué hiciste pinche profe?”, le dije, pero el güey ni siquiera levantó la cabeza, como si él también anduviera muerto. “¿Qué hiciste Adrián?”, le pregunté a ver si así reaccionaba, pero nada, seguía fumando su pinche cigarrito con la cabeza viendo para el piso y los zapatos todos llenos de sangre. Entonces ya no supe qué hacer. Caminé como pude para llegar junto a él y le puse una patada que le tiró el cigarro y chance y hasta un diente. “¡La mataste cabrón!”, le grité, “¡Estás loco! ¿Ahora qué vamos a hacer?”. El profe me volteó a ver por primera vez desde que prendí la luz del patio, tenía los ojos idos y rojos como si se acabara de poner un pasón; escupió la sangre que traía en la boca después del patadón que le di, saco otro cigarro y lo prendió. Ahí fue cuando yo me di cuenta que el profe, igual que la Julia, ya no estaba en este mundo…

En eso se empezaron a escuchar un chingo de sirenas, yo traté de levantar al profe del piso pero nos caímos varias veces (yo ya no podía ni con mi alma) cuando por fin se quedó parado le dije: “¡Pélate pero ya! ¡Ahí vienen los pinches puercos!” Pero te digo que andaba como ido el güey, total que me lo tuve que llevar a empujones a la puerta, lo saqué a la calle y le dije: “Esto es lo más que yo puedo hacer por ti. Si tú te quedas aquí parado como idiota pues ya es asunto tuyo”. Y le cerré la reja en la cara.

Cómo a los cinco minutos llegaron los judiciales con el Comandante ese por delante. Tocaron el timbre, les abrí la puerta y ahí empezó todo el desmadre que ya te conté. Era lunes, yo vi mi reloj y eran las 6:45 de la mañana

Beber de tu sangre

Capítulo XXX

El ingeniero enojado y harto de tener, como siempre, que arreglarle la vida a su hermano, no tuvo más remedio que acceder a las peticiones que le hacía la voz temblorosa de Adrián, quien llamó desde un teléfono público para que no pudieran “rastrear la llamada” —¡Está bien cabrón!— le dijo el ingeniero —pero en mi casa no te quedas ni un día. A diferencia de ti, yo sí tengo familia y trabajo, y no van a venir tú y tu noviecita de la prepa a joderme la vida.
—Ya te dije que sólo necesito que nos recojas en el aeropuerto y nos lleves a un hotel. Nosotros nos arreglamos solos después— le contestó el profesor. —Sí, ya me imagino cómo se van a arreglar ustedes dos ¡Siguen siendo un par de pendejos! Te juro que ahora sí no me van a sacar ni un peso.
—Yo te llamó cuando estemos allá— dijo Adrián antes de colgar el teléfono.

El profesor hacía cuentas mentales cuando escuchó los disparos, corrió hasta la puerta del edificio y a dos pasos de ella vio salir corriendo a alguien, cruzar la calle y arrancar un carro verde (“tal vez un modelo de hace dos años”, pensó mientras oía como gritaba el pavimento cuando el coche arrancó a toda velocidad).

El profesor entró al edificio y vio el cuerpo inerte de Julia Díaz a la mitad del patio, con los ojos todavía abiertos y un zapato de tacón que había quedado a unos cinco metros de ella. Adrián Núñez sintió cómo un latigazo de adrenalina y de asco le recorría el cuerpo. Era la primera vez que veía un cadáver en su vida. Corrió, pero antes de llegar al patio le fallaron las piernas, cayó de rodillas y comenzó a vomitar mientras todo el tiempo del mundo se le achicaba para siempre.

Cuando logró levantarse caminó como pudo rumbo a Julia, pero la pasó de largo y recogió su zapato huérfano. Dio cinco pasos y se desplomó junto al cadáver que parecía estar anclado al pavimento, con una mueca de terror y con la mirada que tienen los muertos. La blusa, un poco levantada, dejaba que se asomara una parte del tatuaje de la salamandra. “Este tatuaje no te va a dejar volver a dormir nunca”, recordó el profesor mientras cerraba los párpados de Julia que ahora estaban duros como si fueran de metal. Con sus últimas fuerzas volteó el cadáver y se llenó la camisa de sangre, después, con la tinta invisible de un dedo, el profesor comenzó a resanar los agujeros que las balas habían dejado en la espalda y en la nuca de Julia.

Comprendió todo de golpe. Supo que Julia había vuelto a él no para dormir a su lado, no para empezar una nueva vida, no para recuperar el tiempo perdido, ni siquiera para burlarse de sus corbatas y de su cara de idiota; Julia había escapado de su casa para morirse, era el último golpe, el knockout perfecto que ella había planeado durante cinco años de soledad y hastío; ésta era la bala del revólver que él no disparó, la carta que no le envió nunca, la palabra llena de veneno que no le dijo jamás; éste era el final mejor planeado de la historia y el profesor había participado en él como un imbécil, como un mediocre, como lo que era: un hombre sin futuro y a partir de ese día, también un hombre sin pasado.

Adrián se llevó a la boca el dedo empapado de sangre, le quedó en los labios y en el cigarro que encendió después, una mancha roja similar a las que dejaba Julia en las tazas de café: ­—Me hubieras matado tú primero si no hubiera manejado tan mal mis cartas— le dijo el profesor al cadáver —pero, como siempre, tú ganaste, y también como siempre, ganaste haciendo trampa— dijo y escuchó los pasos temblorosos de Don Paco, quien se acercaba a la puerta dando tumbos.

Se le apagó la luz

Capítulo XXXI
Cuando escuchó el primer disparo Julia sintió que le quemaban la espalda con una colilla de cigarro. Trató de volver la cara pero no pudo, su cuerpo completo se quedó pasmado y cayó al piso como si fuera un títere al que le hubieran cortado los hilos.
Escuchó pasos que venían hacía ella, vio la sangre que comenzaba a extenderse sobre el pavimento y supo que iba a morir. Pensó en el hijo que nunca tuvo y también en el que sí tuvo y nunca parió, lo recordó jugando con una sonaja en la silla del asiento trasero del coche, pensó en su boda y en su madre, en Eduardo y en Adrián, en la prepa y en el clic de las cámaras cuando chocaban contra su cuerpo, pero cuando llegó el segundo disparo, el piadoso, el que le dio exactamente en la nuca, Julia ya no estaba pensando en nada; solamente se estaba muriendo…

Crímenes perfectos

Capítulo XXXII

El martes 18 de octubre, el mismo día en que el Comandante había leído la nota del periódico que mandó a enmarcar y que colgó durante mucho tiempo en una de las paredes blancas de su casa, el Bendito regresó al Mambo Café, se sentó en la misma mesa cerca de la pista donde había visto a Julia por primera vez y pidió dos botellas de Martell que, ante la “insistencia” del gerente, corrieron por cuenta de la casa.

Pero esta vez el Bendito no iba solo; una escandalosa escolta le acompañaba y varios policías habían cerrado las calles cercanas al antro donde el Comandante Antonio Martínez, usando su mejor disfraz, miraba triunfante a la gente tras unos lentes oscuros, de gota, en los que se reflejaban las luces y los rostros de los meseros.

El Bendito escuchó con atención cómo la banda interpretaba Pedro Navaja. —Con dedicación especial para el Comandante Martínez— dijo el vocalista del grupo.

—Yo canto mejor que ese pendejo— le dijo el Bendito a uno de sus escoltas. —¡Pues órele mi Comandante, aviéntese un palomazo!
—No— respondió el Bendito —la verdad es que a mí eso de andar cantando pendejedas se me hace una jotería— le contestó mientras revolvía con el dedo meñique su Martell con coca.

Cerca de las tres de la mañana el Bendito vio a lo lejos a Julia, bailando con sus tacones altos y su minifalda blanca. Al principio pensó que era el alcohol, luego que era la coca, después imaginó que Julia seguía viva, y después pensó que Julia había regresado de la tumba para vengarse de él; fue cuando sujetó con la mano derecha la cacha de la Oxigenada y, con la izquierda, una cadena con la imagen de La Santa Muerte que escondía debajo de su placa de la judicial.

Cuando uno de sus escoltas le trajo a la supuesta Julia, el Bendito se dio cuenta de que no era ella; se parecía, pero ésta no tenía la cara de niña que hacía especial a Julia, al contrario, se veía bastante profesional.

—­¿Cómo te llamas, mi alma?— le preguntó el Bendito.
–Adela— le contestó ella—pero me puedo llamar como usted quiera Comandante.
—Así que ya me conoces. Seguro por los periódicos ¿verdad? Aunque también he salido varías veces en la tele. ¿Te acuerdas cuando agarraron al mochaorejas? Pues yo salí atrás de él…— y así hubiera continuado el Bendito con su monólogo, pero ella lo interrumpió.
—No mi Comandante, yo lo he visto en otro lado… Yo vivo en Amores 181— el Bendito se quedó paralizado por unos segundos, después sacó la Mágnum .357, le apuntó a la cabeza y le dijo —¡te equivocaste de persona para hacer tus bromitas pendeja! ¡Ahorita te voy a abrir un agujero en la cabeza para que se te quite lo chistosita! ¡Agárrenla!— les gritó el Bendito a sus gorilas que sujetaron a la mujer de los brazos. ——¡No es broma se lo juro!— dijo ella llorando —¡no me vaya a disparar! ¡Yo sé quién mató a la modelo y sé dónde vive!— dijo Adela y el Bendito quitó el dedo del gatillo —¡suéltenla!— ordenó — ésta se viene conmigo. Vamos a comernos un pollito.

Entre pairos y derivas

Capítulo XXXIII

—Y todo lo que pasó después seguro lo leíste en los periódicos. Dijeron que el profe era el jefe de una banda de narcos y de matones, pero tú sabes tan bien como yo, que el profe a la única persona que podía matar era a sí mismo y la única droga que tomaba eran sus pinches libritos con cuatro tazas de café y como diez cigarros. Yo creo que la droga más dura que probó en su vida fue a la tal Julia y eso fue lo que lo acabó ¿dónde hay clínicas para recuperarse de esas cosas? ¿Por qué crees que yo le entro tan tupido al chupe? Pero en fin, no vamos a empezar con esas cosas.

El catrín, el tal Eduardo, se casó como dos meses después con una actriz bien buena y dicen que hasta está esperando otro hijo, sale todo el tiempo en la tele el cabrón y yo siempre pienso “debí de haberle clavado el desarmador en la cabeza a este güey”.

Después de que el Comandante ese me interrogó por última vez, cuando te conté que andaba necio con que yo me llamaba Javier, yo no le dije nada, pero al ratito que se había ido regresó con un chorro de policías, hasta militares llegaron por todo el desmadre ese del ex Procurador que era abuelo del Comandante. Total, todo para que el pinche viejo se muriera en menos de seis meses, creo que nomás estuvo en el tambo como una semana.

Pero te digo que llegaron muy acá con un chingo de puercos. El Comandante se metió a la caseta y me dijo: “Tú vas a firmar aquí que viste cuando Adrián Núñez le disparó a la modelo y que también viste cómo el profesor metía drogas y armas al departamento”. Yo le dije que yo no firmaba ni madres, que nunca vi al profe hacer nada de eso y que él no se andaba con las jaladas que decían ellos; entonces que me agarran como entre tres monos, me llevaron al departamento donde vivía el profe y el pinche Comandante ese les dijo a sus guarros: “¡Bájenle los pantalones a este güey!”. Y puso una batería de coche en el piso, conectó los cables y me dijo: “Esto te va a doler más de lo que ninguna otra cosa te ha dolido en la vida. Te lo digo por experiencia” y entonces sí pensé: “Ni madres que me fríen los huevos nomás por andar de necio”, total yo no sabía si el profe se había echado a la Julia o no, pero por como yo ví las cosas, tampoco estaba tan difícil pensar que sí había sido él. “¡Baja esas madres!”, le dije al Comandante. “Ahorita te firmo hasta que se me apareció la virgen como al Juan Diego si quieres” y así fue, firmé que el profe era un peligroso capo de la droga, que yo había visto cómo mató a la Julia y que también había visto al tal Luís Martínez un chingo de veces en el departamento del profe. Firmé todos los papeles que me dieron y fui a declarar cuando vinieron por mí.

Yo me sentía mal por el profe pero sobre todo por el tal Javier Andrade, ese que salió en la tele y que decían que trabajaba con el profe ¿Sabes quién era ese tal Javier? Bueno al principio se suponía que era yo, pero ya cuando les firmé todas sus pinches hojitas, fueron a agarrar al Víctor, sí al primo del Güero. Le pusieron una madriza que no te imaginas y yo, pues ni pa qué meterme, ¿qué puede hacer uno contra tanto cabrón? Se lo llevaron a la cárcel diciendo que era uno de los delincuentes más buscados del país, todo por ese Comandante hijo de la chingada.

Total que hasta ahí hubiera quedado la cosa, por lo menos para mí, pero una semana después leí en el periódico que habían agarrado al profe, te lo juro que hasta la borrachera se me bajó; pero cuando vi la foto que salía me di cuenta que habían pescado a un güey que ni siquiera se parecía al profe, grandote y con cara de maldito… Ahora que lo pienso, se parecía más al pinche Comandante Martínez que al profe. Entonces ya me calmé y me empecé a reír: “Me cae que estos güeyes no tienen madre” pensé. Y en eso venía bajando la Adela, me preguntó que qué me pasaba, le enseñé la foto del periódico y le dije “¿a quién se parece este güey? y en lugar de reírse ella también puso una cara de susto como la que puso el profe cuando vio a la Julia entrar a su departamento.

Y ahí fue cuando ya me soltó toda la sopa: me dijo que ese de la foto sí era el que había matado a la Julia, que venía a buscarla a ella, a la Adela y la confundió con la Julia esa, por eso la Adela me había dicho que si preguntaban por ella yo dijera que no estaba, porque le debía una buena lana al güey este y también por eso, el padrote de la fotografía del periódico se echó a la Julia, porque la confundió con la Adela… ¡Fíjate nomás cómo son las cosas! Si me cae que cuando te toca, te toca, todo se juntó y si yo no hubiera dejado sola la caseta nada de eso habría pasado…

La Adela oyó un disparó y vio como este güey le metía otros cuatro plomazos a Julia. Yo creo que cuando se dio cuenta que no era la Adela pues la remato pa que no dijera nada. Entonces la Adela hizo su maleta para irse derechito a la chingada de aquí, pero no tenía ni dinero ni a dónde ir, por eso se fue al antro ese dónde había visto varias veces al Comandante, fue a buscarlo para decirle que ella sabía quién había matado a la Julia y así se quitaba al padrote de encima.

Ahora resulta que la Adela y el tal Comandante Martínez son novios ¡Hazme el favor! También me contó que el catrín ese, el tal Eduardo Garza se puso de acuerdo con el Comandante para que nadie dijera nada, parece que se traía un desmadre con otra vieja cuando andaba casado con la Julia y no quería que le sacaran sus trapitos al sol, aunque la Adela dice que el Comandante siempre cuenta que nadie esperaba que la fueran a matar, que fue un golpe de suerte igual que encontrar al padrote este que mató a Julia y hacerlo pasar por el profe, o sea que aparte de maldito, hasta suertudo resultó ser ese cabrón.

Claro que la Adela se cambió del departamento y se fue a vivir con el Comandante. Un día que me la encontré en la tienda del Elías, me contó que vivía en un motel y que al tal Comandante Martínez le gustaban cosas bien raras… la obligó a hacerse un tatuaje en la panza y antes de entrarle a cualquier cosa le pedía que se encuerara, se pusiera una toalla y se peinara enfrente del espejo. Si te digo que hay gente loca y este cabrón, pero como ya te he dicho varias veces, cada quien juega con lo que más le divierte.

Hace como seis meses, creo, salió en el periódico que unos güeyes le habían cortado la cabeza a un Coronel, un tal René Flores y la habían ido a tirar enfrente de las oficinas de la PGR con un letrero que decía “Sigues tú”. Ese día en la tarde, la Adela vino a recoger unas cosas que tenía guardadas en la bodega del edificio, me dijo que se iba a ir de vacaciones con el Comandante y ya nunca la volví a ver, así que tú dirás quién era el siguiente al que le tocaba cuello.

El día que mataron a la Julia yo encontré su bolsa tirada en el patio. Estaba vacía, sólo traía este cuaderno, ahí te lo dejo, supongo que a ti te va a servir más que a mí porque trae puras historias bien fumadas.

Por cierto la semana pasada encontré (en el baño de la casa del Güero, porque a su vieja le encanta andar comprando pendejadas) una revista quesque de la “alta sociedad española”, es de hace como ocho meses. En una de las páginas aparece el profe, estoy seguro de que era él porque tenía la misma cara de muerto y los lentezotes esos que parecen binoculares que siempre traía, pero se veía como si le hubieran caído treinta años más de repente, todo canoso y bien jodido (más que antes imagínate). Andaba posando para la foto junto a una vieja horrenda, debajo del retrato decía la viuda de no sé quién junto a su pareja Adrián Díaz. Me quedé ahí, como pendejo viendo la cara del profe, todo trajeadito como el pinche catrín ese esposo de la Julia y pensé: “pinche profe, hasta pa cambiarse el nombre es güey, ya mero se pega un letrero en la cabeza”. ¿Qué raro no? Y volvemos a que cada quien juega con lo que más le divierte. Me traje la revista, orita te la enseño si quieres.

Y pues eso es todo mi compa, no sé pa qué te va a servir toda esta historia pero conste que tú me pediste que te la contara y ya hace como media hora que se terminó el tequila así que yo ya me voy, no vaya a ser que salga otro muerto por andar dejando tanto tiempo sola la caseta.

Tu Fantasma

Capítulo XXXIV

(Fragmento del cuaderno azul del profesor Adrián Núñez, sin fecha ni título copiado al pie de la letra por el narrador de esta novela. Después del texto, en la página treinta -y última del cuaderno- aparece una fotografía de Adrián y Julia afuera de algún cine. Ella con una mini falda blanca y el cabello recogido, él con unos jeans rotos y percudidos, unos lentes enormes y las manos dentro de las bolsas del saco).

Me quedo buscándote en todos los lugares donde nunca estuviste,
en las calles que no caminamos jamás.

Me gusta esperarte porque sé que nunca vuelves,
que tienes miedo de mirar atrás y convertirte en sal.

Voy a todos los cafés donde nunca discutimos,
y cierro los bares en los que no levantaste la mano para pedir un trago más.

De alguna manera te encuentro cerca en los lugares más lejanos,
me siento tranquilo buscándote donde no te puedo encontrar.

No fuiste tú la que llegó anoche (cansada y con frío) a meterte a mi cama,
y no fui yo quien te regaló el anillo que jamás piensas usar.

Si para no extrañarte hace falta no tenerte,
entonces me quedo quieto porque no tengo ganas de tentar al azar.

Nunca te prometí nada, ni tú fingiste creerme,
ni nos interesaron los sacrificios inútiles.

Tú no llegaste al lugar donde no te cité con prisa,
y yo no pagué la cuenta de la comida que ni siquiera ordenaste.

No te quité la falda que jamás te he visto puesta,
y tampoco despertamos a los vecinos que no viven en el piso de abajo.

Y mientras, tú sigues creyendo que nunca nos pasó nada,
y yo no puedo dejar de pensar que ya hemos pasado por todo.

FIN.

Lista de canciones

1. Yo no me llamo Javier Los toreros muertos

2. La incondicional Luís Miguel

3. Mientras que el cuerpo aguante Miguel Ríos

4. El jefe de jefes Los tigres del norte

5. Acá entre nos Vicente Fernández

6. Nos siguen pegando abajo Charly García

7. Palabras más palabras menos Los Rodríguez

8. These boots Nancy Sinatra

9. ¿Qué te ha dado esa mujer? Pedro Infante y Luis Aguilar

10. Eva tomando el sol Joaquín Sabina

11. Tengo una muñeca que regala besos Fito Páez

12. Pero te vas a arrepentir Capaz de la sierra.

13. Lucha de gigantes Nacha Pop

14. Adiós princesa José José

15. Las cuatro y diez Luís Eduardo Aute

16. Pedro Navaja Rubén Blades

17. Cuentos Compartidos Alejandro Filio

18. Kiss me Sixpence none the richer

19. Hermano cayó la ley Los huracanes del norte

20. Don´t let me down The Beatles

21. Ella usó mi cabeza como un revólver Soda Stereo

22. Olvídame tú Miguel Bosé

23. Lo echamos a suerte Ella baila sola

24. Detrás de ti Caifanes

25. Welcome to the jungle Guns & Roses

26. Sinceramente tuyo Joan Manuel Serrat

27. Calaveras y diablitos Los Fabulosos Cadillacs

28. Cruz de navajas Mecano

29. Pa todo el año José Alfredo Jiménez

30. Beber de tu sangre Los Amantes de Lola

31. Se le apagó la luz Alejandro Sanz

32. Crímenes perfectos Andrés Calamaro

33. Entre pairos y derivas Fernando Delgadillo

34. Tu fantasma Silvio Rodríguez