Capítulo XXIX
El caso es que una noche después de que fue todo el desmadre con el Comandante ese, yo andaba bien crudo, creo que se me había pasado la mano con el mezcal… Estaba yo ahí en la caseta sudando frío y con un pinche dolor de cabeza de esos que como que te taladran el cráneo, además todavía seguía medio asustado por el asunto del profe.
Como por ahí de las once de la noche me vino a tocar el Güero junto con su primo Víctor, y me dijeron que se andaban echando unas chelas en la tienda del Elías que queda como a dos cuadras del edificio. “¡Vamos no seas mamón!”, me dijo el Güero. “Yo te disparo un seisito ¿cómo ves?”
La verdad si no hubiera andado tan crudo ni habría ido… pero pues, ya sabes cómo se siente uno, como si te hubieras comido un nopal con todo y espinas y te agarra la temblorina como si tuvieras esa enfermedad ¿cómo se llama? ¡Parkinson! Esa mera. Total que me fui con ellos. El profe y la Julia no habían salido del departamento en todo el día y el Comandante ese no se había vuelto a aparecer tampoco.
Tú sabes bien cómo es la banda, después de las chelas empezaron con que una cubita y el Elías sacó una botella de Bacardí que tenía debajo del mostrador. Yo les dije que no, que no podía dejar tanto tiempo sola la caseta, pero al final me convencieron: “Ta bueno”, les dije. “¡Pero una nomás eh!”, y ya luego pues… ya sabes, una llevó a la otra y luego se terminó la botella, y ya encarrerado el ratón, yo invité la siguiente botella de mezcal y así seguimos, no paramos sino cuando se nos acabó el dinero y entonces fue cuando regresé hasta mi madre al edificio como a las siete de la mañana.
Ya estaba amaneciendo pero todavía estaba medio oscuro, yo me iba deteniendo de las paredes para llegar a mi cuarto y ahí fue cuando me tropecé con un bulto; prendí la luz para ver quién había dejado sus bolsas de basura a la mitad del patio y entonces fue cuando vi el charcote de sangre: la Julia esa estaba tirada boca abajo con el pelo todo manchado de rojo y el profe tenía un cigarro prendido y se había sentado al lado de la muerta.
“¿Qué hiciste pinche profe?”, le dije, pero el güey ni siquiera levantó la cabeza, como si él también anduviera muerto. “¿Qué hiciste Adrián?”, le pregunté a ver si así reaccionaba, pero nada, seguía fumando su pinche cigarrito con la cabeza viendo para el piso y los zapatos todos llenos de sangre. Entonces ya no supe qué hacer. Caminé como pude para llegar junto a él y le puse una patada que le tiró el cigarro y chance y hasta un diente. “¡La mataste cabrón!”, le grité, “¡Estás loco! ¿Ahora qué vamos a hacer?”. El profe me volteó a ver por primera vez desde que prendí la luz del patio, tenía los ojos idos y rojos como si se acabara de poner un pasón; escupió la sangre que traía en la boca después del patadón que le di, saco otro cigarro y lo prendió. Ahí fue cuando yo me di cuenta que el profe, igual que la Julia, ya no estaba en este mundo…
En eso se empezaron a escuchar un chingo de sirenas, yo traté de levantar al profe del piso pero nos caímos varias veces (yo ya no podía ni con mi alma) cuando por fin se quedó parado le dije: “¡Pélate pero ya! ¡Ahí vienen los pinches puercos!” Pero te digo que andaba como ido el güey, total que me lo tuve que llevar a empujones a la puerta, lo saqué a la calle y le dije: “Esto es lo más que yo puedo hacer por ti. Si tú te quedas aquí parado como idiota pues ya es asunto tuyo”. Y le cerré la reja en la cara.
Cómo a los cinco minutos llegaron los judiciales con el Comandante ese por delante. Tocaron el timbre, les abrí la puerta y ahí empezó todo el desmadre que ya te conté. Era lunes, yo vi mi reloj y eran las 6:45 de la mañana
El caso es que una noche después de que fue todo el desmadre con el Comandante ese, yo andaba bien crudo, creo que se me había pasado la mano con el mezcal… Estaba yo ahí en la caseta sudando frío y con un pinche dolor de cabeza de esos que como que te taladran el cráneo, además todavía seguía medio asustado por el asunto del profe.
Como por ahí de las once de la noche me vino a tocar el Güero junto con su primo Víctor, y me dijeron que se andaban echando unas chelas en la tienda del Elías que queda como a dos cuadras del edificio. “¡Vamos no seas mamón!”, me dijo el Güero. “Yo te disparo un seisito ¿cómo ves?”
La verdad si no hubiera andado tan crudo ni habría ido… pero pues, ya sabes cómo se siente uno, como si te hubieras comido un nopal con todo y espinas y te agarra la temblorina como si tuvieras esa enfermedad ¿cómo se llama? ¡Parkinson! Esa mera. Total que me fui con ellos. El profe y la Julia no habían salido del departamento en todo el día y el Comandante ese no se había vuelto a aparecer tampoco.
Tú sabes bien cómo es la banda, después de las chelas empezaron con que una cubita y el Elías sacó una botella de Bacardí que tenía debajo del mostrador. Yo les dije que no, que no podía dejar tanto tiempo sola la caseta, pero al final me convencieron: “Ta bueno”, les dije. “¡Pero una nomás eh!”, y ya luego pues… ya sabes, una llevó a la otra y luego se terminó la botella, y ya encarrerado el ratón, yo invité la siguiente botella de mezcal y así seguimos, no paramos sino cuando se nos acabó el dinero y entonces fue cuando regresé hasta mi madre al edificio como a las siete de la mañana.
Ya estaba amaneciendo pero todavía estaba medio oscuro, yo me iba deteniendo de las paredes para llegar a mi cuarto y ahí fue cuando me tropecé con un bulto; prendí la luz para ver quién había dejado sus bolsas de basura a la mitad del patio y entonces fue cuando vi el charcote de sangre: la Julia esa estaba tirada boca abajo con el pelo todo manchado de rojo y el profe tenía un cigarro prendido y se había sentado al lado de la muerta.
“¿Qué hiciste pinche profe?”, le dije, pero el güey ni siquiera levantó la cabeza, como si él también anduviera muerto. “¿Qué hiciste Adrián?”, le pregunté a ver si así reaccionaba, pero nada, seguía fumando su pinche cigarrito con la cabeza viendo para el piso y los zapatos todos llenos de sangre. Entonces ya no supe qué hacer. Caminé como pude para llegar junto a él y le puse una patada que le tiró el cigarro y chance y hasta un diente. “¡La mataste cabrón!”, le grité, “¡Estás loco! ¿Ahora qué vamos a hacer?”. El profe me volteó a ver por primera vez desde que prendí la luz del patio, tenía los ojos idos y rojos como si se acabara de poner un pasón; escupió la sangre que traía en la boca después del patadón que le di, saco otro cigarro y lo prendió. Ahí fue cuando yo me di cuenta que el profe, igual que la Julia, ya no estaba en este mundo…
En eso se empezaron a escuchar un chingo de sirenas, yo traté de levantar al profe del piso pero nos caímos varias veces (yo ya no podía ni con mi alma) cuando por fin se quedó parado le dije: “¡Pélate pero ya! ¡Ahí vienen los pinches puercos!” Pero te digo que andaba como ido el güey, total que me lo tuve que llevar a empujones a la puerta, lo saqué a la calle y le dije: “Esto es lo más que yo puedo hacer por ti. Si tú te quedas aquí parado como idiota pues ya es asunto tuyo”. Y le cerré la reja en la cara.
Cómo a los cinco minutos llegaron los judiciales con el Comandante ese por delante. Tocaron el timbre, les abrí la puerta y ahí empezó todo el desmadre que ya te conté. Era lunes, yo vi mi reloj y eran las 6:45 de la mañana
