31 jul 2009

Primera parte

Te lo cuento en cuatro minutos

Yo no me llamo Javier

Capítulo I

­Ya le dije que no tengo ni idea de lo que usté está hablando… Hace varias semanas que no hablo con él, nunca me contó nada de esto y yo tampoco le pregunté. Está perdiendo el tiempo conmigo Comandante.

El profesor y yo no somos lo que se dice amigos; él me invitaba a veces a la cantina y nos sentábamos juntos a tomar tequila, nunca hablamos de nuestra vida privada, ni de nuestros planes, ni de nuestras viejas, ni de nada importante; hablábamos de cómo habían perdido o ganado Los Pumas ese fin de semana, o de lo buena que se veía la vieja esa que anuncia en la tele: agua finamente gasificada y con sabor ligero.

A mí me gustaba tomar con el profesor porque con él uno puede estar callado mucho tiempo, platicábamos unos veinte minutos y luego nos quedábamos sin hablar; él se fumaba un cigarro tras otro y yo pedía más tequila y me ponía a pensar en mis cosas; el profesor no es de los que hablan por hablar y se la pasan diciendo pendejadas todo el día, él nada más fumaba y a veces, sacaba una libreta azul de su chamarra y anotaba cosas, nunca me enseñó nada de lo que escribía.

Para decirle la verdad, el profesor es medio raro, pero no ese tipo de “raro” que usté está pensando, digo que es medio raro porque siempre anda cargando para todos lados sus libritos de poesía, de budismo, de no sé qué madres de metafísica, está medio loco. A veces en la cantina le hacían burla: “¡Ya pinche intelectual, espantas a las gordas con tanto libro!”, le decía el Güero que es un verdadero orangután, a ese sí lo creo capaz de cualquier cosa para que vea, pero al profesor…

Digo, yo tampoco meto las manos al fuego por nadie, si el güey es un asesino en serie o le gusta ponerle con su perro pues ahí sí ni idea, cada quien juega con lo que más le divierte, a mí no me consta nada y con eso me basta.

Ya le dije que cuando yo llegué ella ya estaba muerta. Al principio no me fijé muy bien porque era tarde y yo… pues… venía medio pedo, ni para qué mentirle, tanto que creo que la pisé y no me di cuenta hasta que prendí la luz para ver por qué estaba todo el patio encharcado y ya fue cuando vi que no era agua, era sangre.

Yo no sé ni quién es, ni cómo se llama, ni nada. Yo sólo sé que alguien le dio cinco balazos y que usté dice que fue el profesor, y yo le digo que quién sabe pero que a mí se me hace muy raro.

Mire: en estos departamentos vive mucho loco ¿ya fue a hablar con el del 11? Ese sí tiene cara de maldito para que vea, dicen que hasta tiene una secta satánica y que mata pollos los domingos pa que gane el América.

Bueno, yo le digo lo que sé y nada más, si usted sigue necio con lo del profesor pues ya es asunto suyo. Yo no sé dónde está ni me dejó ninguna dirección, ni nada.

Y por quinta vez ¡Yo no me llamo Javier!

La incondicional

Capítulo II

A las cinco y media de la mañana la vida es una mierda, ese es el único absoluto que existe. El coche, adormilado también, se resiste un poco y hay que girar la llave dos o tres veces, pero al final cede, como tú, como yo, como cualquiera.

Gracias por sintonizarnos en este frío martes de diciembre cuando son ya las cinco cuarenta de la mañana, sí, cinco con cuarenta de la mañana. Acabas de escuchar las mismas canciones cursis que te gustan y que cantas ya casi mecánicamente. Te sugerimos que tengas mucha paciencia porque, como siempre, la ciudad está atascada y lenta. La única vía alterna posible es: ¡no salgas de tu casa güey! De todas maneras, mañana la ciudad y tú van a seguir igual de jodidos. Un día como hoy, pero de 1839, un científico alemán descubrió que un metal que no conoces, tiene propiedades fibrosas que te valen madres. Habrá lluvia toda la tarde en el Valle de México, así que te aconsejamos que tomes tus precauciones, es decir ninguna, porque nada te va a salvar del tráfico de regreso. “¡Hola, habla el mismo locutor idiota de todos los días! ¿A quién tenemos del otro lado de la línea? ¡Fanny! ¿Te quieres ganar dos pases dobles para ver a Luís Miguel en su concierto número 520 en el Auditorio Nacional? Sólo tienes que contestar esta sencilla pregunta: ¿En qué día, de qué mes, de qué año, Luís Miguel dejó de cantar como una niña de seis años?

Y justo ahí, a las seis de la mañana, cansado y relamido como cocker de viejita, helándote en el carro que avanza sobre alguna calle que antes tenía nombre y que ahora sólo se llama “pinche ciudad”, escuchando la grabación de un Luís Miguel (quien todavía tenía pelo) y vociferaba: “Tú, la misma siempre tú”. Como una mala broma de tus impulsos neuronales que no pienso detenerme a explicar (soy tu narrador no tu psicólogo), te acuerdas de ella.

Mientras que el cuerpo aguante

Capítulo III

En el cumpleaños de la tía Lola (una pinche momia de 87 años quien dedicó la mitad de su vida a leer la Biblia y la otra mitad a joderle la vida al prójimo), Julia comió pastel mil hojas, infló globos azules y rosas, colgó serpentinas sobre el papel tapiz amarillento y lleno de humedad que cubría las paredes, sonrío, comentó sobre el clima, fingió ocho risas, le dio la razón al tío Pedro y opinó junto con él que lo que hacía falta en México era una dictadura: “Nunca hemos estado tan bien como con Don Porfirio, que Dios tenga en su gloria”, decía el tío en las pausas que le permitían los ataques de tos seguidos por escupitajos. Cantó: Hoy por ser día de tu santo. Sirvió el chocolate caliente, ayudó a recoger la mesa, lavó los vasos. Se despidió de la tía Lola (hermana de la abuela de Lalito) “¡Muchas felicidades señora, que cumpla muchos años más!”

En el camino de regreso, Eduardo Garza (hijo de uno de los empresarios más ricos del país y esposo de Julia desde hacía cinco años) abrió la boca después de 35 minutos sólo para decir: −¡Julia, que no fumes en el carro carajo! ¿Cuántas veces tengo que repetirte las cosas? ¡Qué no ves que se queman las vestiduras! Además, lo acabo de mandar lavar.

Julia tiró el cigarro por la ventana y volteó hacia atrás para ver si el niño no se había despertado con los gritos. En la radio sonaba: “La hora nacional” y Julia se enteró de que el jaguar está a punto de extinguirse, y que el crecimiento económico del país está garantizado para los próximos doce años.

“¿Cuándo? (pensó Julia) ¿Cuándo me convertí en esto?” y en la ventana del copiloto del BMW, con la tinta invisible de un dedo escribió: “Adrián” y, como era de esperarse, Eduardo gritó de nuevo: −¡Que no pongas los dedos en el vidrio! ¿Qué parte de lo acabo de mandar lavar no entendiste?− A lo que el niño respondió desde su silla en el asiento trasero con un llanto a gritos que terminó con un vómito café y pastoso.

Ese día, a la una y media de la mañana, Julia hizo su maleta meticulosamente, sin dramas, sin ademanes gastados, sin reproches inútiles, sin pedir indemnizaciones ni custodias. Se puso los tacones más altos que encontró y salió despacio y sin despedirse de nadie, ni siquiera del niño, quien seguramente despertaría en media hora.

El jefe de jefes

Capítulo IV

Cuando terminó de leer la nota, el Comandante Martínez apagó con violencia su cuarto Camel sin filtro del día y subrayó con un marcador amarillo el encabezado: Asesinan de cinco balazos a una modelo en la colonia Del Valle. La policía duerme.
Con el mismo fastidio pero ahora con un marcador verde, el Comandante resaltó las siguientes líneas de la noticia publicada en un periódico local:

El Comandante Antonio Martínez (encargado del caso), asegura que aunque no ha realizado ninguna detención, cuenta con algunas declaraciones de testigos y vecinos del departamento que pueden conducirlo al principal sospechoso de este asesinato artero que ofende a toda la ciudadanía. “Pensamos que puede tratarse de un crimen pasional, aunque no descartamos una venganza del narcotráfico”. Aseguró el Comandante Martínez con tono cínico y despreocupado. Una vez más, la delincuencia ataca mientras la policía duerme, una vez más la ineficiencia de las autoridades se convierte en cómplice del crimen organizado, una vez más…

Después de catorce años de formar parte de los cuerpos de elite de la policía Judicial, el Comandante Martínez ha logrado hacerse de una colección de 546 recortes de periódico que mencionan su nombre; sin duda una suma considerable que el Comandante presume en las cantinas y en las comidas familiares: −Te apuesto que mi nombre ha salido más veces en los periódicos que el de muchos políticos. ¿Tú sabes cómo se llama el Secretario del Medio Ambiente? ¿El de la Procuraduría Agraria? Yo tampoco. Te aseguro que mi nombre le suena más a la gente que el de cualquiera de esos pinches ladrones… ¡Yo salí en la tele detrás de el mochaorejas cabrón! Hay gente que hasta me pide autógrafos en la calle. Cuando uno hace bien su trabajo, luego luego la raza se lo reconoce− repite mecánicamente el Comandante ante el primero que se le ponga enfrente.

Claro que lo que el Comandante Martínez no le cuenta a su público cautivo, es que de los 546 recortes que incluyen su augusto nombre, 145 dicen que es una verdadera bestia, en cuatro de ellos se han atrevido a insinuar que la única razón por la que el Comandante es Comandante es porque su abuelo es Procurador (y un gángster con una fama que aún hace ruido), y los restantes 397 hablan, en la mayoría de los casos, de algún homónimo: “Antonio Martínez recibió, de manos del Presidente de la República, el premio de novela Casa de las Américas” o “El célebre arquitecto Antonio Martínez declaró en conferencia de prensa, que los espacios públicos están siendo invadidos por una bola de patanes sin educación”. De cualquier manera, el Comandante tiene una reputación bien ganada que no proviene precisamente de las notas en los periódicos que incluyen su nombre.

La madrugada en que el Comandante y Julia Díaz coincidieron en el Mambo Café, Antonio Martínez, quien en sus noches salseras se hacía llamar “El Bendito”, llevaba una chamarra de piel roja que hacía juego con las botas compradas en Durango, el sombrero texano (de dimensiones considerables) le cubría las entradas que ya estaban a punto de convertirse en salidas, el cinturón de doble hebilla dejaba que se asomara una Mágnum .357 con la cacha bañada en oro y los lentes obscuros, de gota (que usaba dentro del local a las tres cuarenta de la mañana), remataban el atuendo del Bendito, quien, hecho un cliché ambulante, vigilaba el lugar desde una mesa de pista mientras tomaba Martell con Coca.

Cuando Julia lo vio, mientras él le hacía señas con la mano para que se acercara, tuvo que llevarse una mano a la boca para no soltar la carcajada en su cara. (—Nadie se ríe del Bendito y conserva los dientes para seguirse riendo— le dijo el Comandante al cuerpo inerte de Julia tres noches después) y se acercó a él divertida, con unos tacones más grandes que la texana del Comandante.

Por eso, cuando el Comandante Antonio Martínez entró al patio del edificio en la calle de Amores 181 y vio el cuerpo de Julia en el piso, se alegró secretamente: el honor del Bendito se había lavado de nuevo. Sin las botas ni la chamarra roja, se quitó los lentes de gota, se acercó despacio al cadáver, pisó el Camel sin filtro número 28 del día y dijo con acento triunfal: −¡Acábame de matar, pa qué me dejas herido!−

Acá entre nos

Capítulo V

—Y el Comandante ese seguía duro y dale, el que te digo que armó un desmadre con lo del profe. Me sacó un buen susto, porque apenas estaba yo abriendo la reja del edificio cuando volvió a salir de la nada el güey, con lentes obscuros a las 10 de la noche ¡hazme el favor! Cuando lo vi venir no lo reconocí… Primero pensé que era el Chore (un güey que jugaba dominó con nosotros, y siempre andaba de lentes y con unas chamarras de piel bien pinches feas) y hasta iba a ir a saludarlo, pero cuando me quise bajar de la banqueta se me atoró el zapato con la coladera y casi me voy de hocico, la verdad… pues… andaba todavía medio pedo, ni pa qué mentirte. El caso es que cuando levanté la cara ya tenía al cabrón este pegado a mí como si me fuera a dar un beso, y ahí sí fue cuando me di cuenta de que no era el Chore, pero seguía yo sin reconocerlo: le vi dos anillotes en una mano y el cigarrito a medio fumar colgándole de la boca, entonces pensé que era uno de los “clientes” de la vecina (la del 9 que está bien buena ¿ya sabes cuál te digo?) pero justo cuando le iba a decir que la Adela no estaba, porque ella me dijo que si me preguntaban yo dijera eso, que me agarra del brazo y me dice: “Soy el Comandante Antonio Martínez, vengo a hacerle unas preguntas”. Se levantó la chamarra, le vi en la cintura el pinche pistolón que traía (era el mismo porque yo me acuerdo muy bien que tenía la cacha toda dorada) y colgada en el pescuezo una placa de la judicial, y ahí fue cuando comenzó todo el borlote…

Me preguntó por la muerta, esa que te digo que se llamaba Julia, y por el profesor. Que si el profe esto, que si el profe aquello, que si yo vi cuando le disparó, que si el profe andaba con los narcos, que si yo lo estaba defendiendo, ya sabes. Yo no le dije nada: “Pues más te vale que te acuerdes de algo porque chance y se me quita el buen humor y te ponga un plomazo para que hagas memoria”, me dijo el cabrón, que además seguía de necio con que yo me llamaba Javier: “Ya para qué te haces pendejo si ya te tenemos bien checadito Javier”, me decía el güey.

Total que yo le dije que no me llamaba Javier sino Francisco, que era el portero del edificio y por eso fui el primero que encontró a la muerta en la mañana.
Creo que no me creyó mucho, pero me da lo mismo, porque el profe es mi amigo; yo le prometí que no le iba a decir nada a nadie de lo que yo había visto, y no dije nada, hasta ahorita que te lo voy a contar a ti nomás porque te conozco y sé que no vas a andar de chismoso, pero primero échame otro tequilita ¿no? Pa afinar la voz…—

Nos siguen pegando abajo

Capítulo VI

La rutina es un animal lento, miope, domesticado. La rutina es un ornitorrinco, tiene patas de tiempo y pico de soledades, plumas de futuro y garras de hastío. La rutina es un pájaro estúpido que pica siempre en el mismo lugar.

No pasa nada; a la mitad del Marlboro número 14, a las cuatro doce de la mañana, Adrián Núñez ha pensado ya tanto, que le es imposible dar marcha atrás para acordarse de qué era lo que estaba pensando. Ahora sólo siguen los minutos muertos, huecos, los que están en el limbo.

Ya no le preocupa saber que dentro de quince minutos va a apagar el despertador de un manotazo, treinta segundos antes de darle el gusto de sonar, y se va levantar para irse a la universidad, sucio, despeinado y con cara de muerto fresco.

La única parte “buena” del insomnio, son estas horas vacías donde ya nada le puede quitar el sueño porque lo perdió hace ya mucho tiempo, y lo perdió peleando. No pasa nada, ya no hay más… las cuatro y media: “El tiempo vuela cuando se la está pasando uno bien. Ni modo”, dice Adrián mientras lucha contra las cobijas que también parecen estar aburridas de retenerlo.

La rutina es ahora una esfinge, se está muy quieta y lo mira fijamente, se terminaron las “horas cero”, se acabó la tregua con el mundo. Se levanta, pisa el suelo helado y se pone a pensar en el tráfico que va a encontrar camino a la universidad. Hace frío, la cafetera con su escándalo logra callar, por un momento, el bullicio de la calle. No pasa nada, enciende el Marlboro número 17, “Ave César, los que vamos a morir te saludamos”, dice en voz alta mientras se anuda una corbata horrible que, por supuesto, no combina para nada con el traje café y la camisa azul.

­−Soy un asco—, le cuenta Adrián a un espejo diminuto y oxidado que parece estar burlándose de él. —Julia tenía un tatuaje arriba de la cadera, del lado derecho— explica mientras continua con su monólogo matutino y trata de enderezarse el nudo de la corbata. —Yo la llevé a hacérselo, los dos andábamos hasta la madre, yo siempre fui lo suficientemente precavido (por no decir otra cosa) como para andarme clavando agujas a la mitad de la peda: ¡Ya hazte un tatuaje no seas puto! me decía Julia. Mínimo ponte un arete en la ceja, se te vería bien, por lo menos no parecerías tan fresita y tan mamón...

El timbre interrumpe el diálogo de espejos y Adrián, sorprendido y todavía con el nudo de la corbata a medio hacer, responde desde el interfón del departamento 4 de la calle de Amores (heredado por su hermano el ingeniero cuando se casó y se fue a vivir a Australia). —¿Quién?. Grita Adrián tratando de esconder el tono sorprendido de su voz mientras mira su rostro en el espejo. —¿Profe?­- le contesta el portero que, como siempre, a estas horas debía seguir hasta las manitas. —Aquí lo buscan. Una tal Julia Díaz; dice que busca a Adrián Núñez y yo le dije que el único Adrián que yo conozco es al profe, o sea a usté, pero que no sabía si se apellidaba Núñez. ¿Quiere que la deje pasar? Porque trae una facha, hasta pensé que era una de las amigas de la Adela—

Palabras más, palabras menos

Capítulo VII

—¿Tú crees que cuando seamos “adultos responsables” nos vamos a arrepentir de todo el tiempo que hemos pasado chupando y oyendo música en tu pinche jardín?

—No tengo idea… Supongo que sí, por lo menos yo sí, porque de todas maneras me paso el día arrepintiéndome de todo, de lo que dije, de lo que no dije, de lo que hice, de lo que no hice. Es un círculo sin fin

—Bueno, pero eso es porque tú te das tus aires de intelectual y estás todo el tiempo pensando en tus libritos. Por eso tienes la cabeza llena de mierda y te encanta andarte haciendo preguntas sin respuesta y dándote golpes de pecho como si de verdad te importaran “las grandes preguntas”.

—Pues sí, tienes razón… en parte, porque la verdad es que esas que tú llamas “grandes preguntas”, son las mismas que nos hacemos todos. Nada más que hay gente como tú que se pone su máscara de “a mí la vida me vale madres, yo vivo el momento”. Y eso, Julia, es mucho más falso que aceptar que hay cosas que sí te importan y que te superan por completo.

—Ya, ya papá, quítale dos huevitos al arroz. Yo te hice una pregunta sencilla y tú sales con una de tus explicaciones que nadie entiende y que además, nadie te preguntó. Así que olvídalo y ahórrate las clases.

—Está bien, está bien, no vamos a empezar a discutir otra vez ¿Tú qué crees? ¿Crees que nos vamos a dar de topes contra la pared por habernos pasado dos años tomando Bacardí sin hacer nada “productivo”?

—Yo creo que sí, aunque igual no me preocupa demasiado. Me consigo un güey con lana y medio pendejo, me caso, tengo hijitos, juego canasta con otras rucas y ya estuvo. Al que le debería de preocupar es a ti, porque no eres que digamos un galán y además no cierras la boca ni aunque te la cosan, así que creo que va a estar medio difícil que venga a rescatarte tu princesita azul­.

—¡Hoy sí andas súper profunda, eh! Lo de la princesa azul fue el remate magistral del lugar común.

—¡Vete al carajo y sírveme otro trago!

—¡Oye tranquilita eh! ¡Que yo no soy el pendejo que te va a pagar el “Spa” y el crucero! A mí me hablas bonito, o por lo menos, me das los beneficios exclusivos del marido ¿no?

—¡Eso quisieras güey! Imagínate que nuestros hijos se apellidaran “Núñez Díaz” ¿Así o más corriente?­

—Sí, la verdad sí suena horrible… ¿Oye tú crees que cuándo los dos estemos casados sigamos siendo amigos y salgamos así en parejitas? ¿O crees que ya estamos predestinados a buscarnos y no encontrarnos nunca, aunque estemos sentados uno al lado del otro?

—¡No, no mames! No vamos a empezar otra vez y ¿serías tan gentil de pasarme el chupe princesita?

Ésa era, más o menos, la plática que Julia recordaba mientras subía las escaleras (los elevadores siempre le dieron pánico) para llegar al departamento de Adrián; y no se acordaba por nada en particular, era como si su mente le hubiera traído la grabación de uno de los momentos más triviales y comunes que ella había pasado al lado del profesor hacía ya más de siete años. Igual, Julia sonreía tratando de no soltar la carcajada al lado del portero, quien, por cierto, ya la había puesto bastante nerviosa: tenía cara como de loco y Julia se dio cuenta que le miraba las piernas cada vez que ella subía un escalón antes que él.

—Le dije que era más rápido por el elevador—. Dijo el portero, y antes de darle tiempo de decir nada le preguntó: —Oiga ¿y usté de dónde conoce al profe? Digo, si no es indiscreción— Julia lo miró y estaba a punto de responderle cuando Adrián abrió la puerta.

These Boots

Capítulo VIII

Cuando el Bendito y Julia Díaz salieron trastabillando del Mambo Café en busca de unos tacos a las cinco y media de la mañana, Julia subió con dificultad al Chrysler verde y trató de arreglarse un poco frente al espejo retrovisor del que colgaban un par de esposas.

El Bendito abrió la guantera del coche, sacó una pequeña bolsa de plástico y se la ofreció a Julia, quien la recibió agradecida e inhaló con la destreza de una profesional, sosteniendo el polvo con la American Express de su marido.

En el motel La Loma, Julia y el Bendito hicieron todo lo que pudieron sobre una cama ancha y con sábanas tiesas como cortinas, pero, en realidad, “lo que pudieron” fue muy poco. Después de las botellas de Martell, la coca y la escala por los tacos, el Bendito trató de torear lo mejor que pudo a una Julia que logró esconder el asco y convertirlo en jadeos entrecortados que se escuchaban hasta la recepción del motel.

Mientras Julia, enredada en una toalla se cepillaba el pelo frente al espejo, el Bendito se dio cuenta que había encontrado a una mujer sin futuro y dispuesta a todo. Se sintió de pronto viejo y acartonado al ver la espalda perfecta de Julia, quien continuaba con su ritual como si estuviera hipnotizada por su propio reflejo. Al lado de la cama una de las botas de cocodrilo del Bendito mostraba su suela desgastada, él la miró y pensó que, pensándolo bien, nunca había estado con una mujer como Julia sin tener que pagarle por adelantado o sin tener que amenazarla y torturarla primero.

—Tú aquí te quedas, mi alma— dijo el Bendito mientras se ponía la cazadora roja. —No sales de aquí hasta que yo regrese y te diga lo que tienes que hacer, ¿entendiste? Yo voy a arreglar unas cosas y regreso un día de estos; por la cuenta no te preocupes, este cuarto va a ser como nuestro departamento.

Julia apenas lo miró, se quitó la toalla y se tiró a la cama; en el espejo enorme del techo vio su cuerpo desnudo, el tatuaje que se había hecho con Adrián a los diecisiete años estaba ahora desteñido y ya no significaba nada.

El Bendito encendió el Camel sin filtro número 43 del día y le lanzó a Julia una cajetilla llena antes de cerrar la puerta.

Un día después, cuándo Julia le contó a Adrián con lujo de detalle su encuentro con el Bendito, se sintió orgullosa al ver la cara de asco que el profesor no pudo ocultar. —Para que veas que yo no me vendo ni cuando me regalo— le dijo, y le ofreció un Camel sin filtro que ella ya había prendido y pintado con su labial rojo en el extremo derecho.

¿Qué te ha dado esa mujer?

Capítulo IX

—Hubieras visto la cara del profe cuando vio entrar a la Julia esa: se puso todo pálido como si hubiera visto un muerto y, la verdad, es que ella no tenía nada de muerta, estaba bien vivita y bien buena, pero aunque tenía cara de niña que no rompe un plato, venía toda pintarrajeada y con unos taconzotes.

Yo le pregunté al profe si se sentía bien, él me dijo que sí, que me saliera y que cerrara la puerta, y eso hice, lo que no es asunto mío no me importa, y tú bien sabes que a mí no me gusta andar de chismoso; pero por si las dudas, me quedé sentado en las escaleras junto a la puerta, no por metiche, sino para estar cerca por si se le ofrecía algo al profesor.
Al principio todo estaba callado, como si no hubiera nadie en el cuarto. Como cinco minutos después, oí gritos y mentadas de madre, nunca había escuchado al profe gritarle a alguien así: “¡Mira en lo que te has convertido!” le decía: “¡Te apareces vestida de puta como si entre nosotros no hubiera pasado nada y todavía te pones a contarme tus pendejadas!”. Y ella en lugar de llorar como hacen todas las viejas cuando uno les pega de gritos, se reía y le decía al profe que no había cambiado nada, que seguía siendo el mismo maricón de siempre…

Entonces ahí sí me enojé, porque una cosa es que el profe esté medio loco y a veces se pase de buena gente (por no decir de pendejo), y otra muy distinta es que cualquier pinche vieja, más callejera que el perro que siempre anda echado allá afuera del edificio, venga a insultarlo así nomás. Pero yo me decía a mí mismo: “No es asunto tuyo Paco, no te metas en esas cosas porque luego sales embarrado como siempre”. Pero la vieja seguía, y en una de esas le dijo al profe que ni para pegarle tenía los huevos, y ahí sí me levanté y pensé: “Pues si al profe le faltan, yo se los completo y entre los dos sí le vamos partiendo su madre”, total yo ya andaba a medios chiles y no me hubiera costado ningún trabajo.

Y luego pasó algo que sí ya no entendí: cuando me asomé por la ventana pa ver si el profe ya se la estaba tupiendo o necesitaba que yo le entrara al quite, los veo poniéndose un atascón de esos como los que salen en las películas y entonces pensé que pa no tener, al profe ya le andaban creciendo dos bien puestos.

No salieron del cuarto en todo el día, fue la primera vez en quién sabe cuántos años que vi que el profe no se fue a trabajar a la universidad… Ya te imaginarás lo que andaban haciendo, pero como a mí no me gusta andar de fisgón, me bajé a mi cuarto y abrí una botellita de mezcal (que por cierto me había regalado el profe una vez que se fue a Oaxaca; te digo que el profe siempre se ha portado muy bien conmigo, por eso yo lo quiero, y tú bien sabes que no soy joto ni nada, pero lo quiero bien) y me eché unos traguitos nomás pa quitarme el coraje.

Total que al día siguiente, como a las nueve de la mañana, tocaron el timbre, yo creo que varias veces porque yo estaba bien jetón (y bien crudo), y me costó un rato levantarme a contestar. Primero pensé que era la Adela, ella es la única que siempre llega a esas horas los sábados, pero cuando contesté me respondió la voz de un güey que por el puro tonito se veía que era remamón:

—Estoy buscando a Adrián Núñez— me dijo, y yo pensé: otra vez la burra al trigo, ya nos vamos a aventar otra bronca.
—Está ocupado ¿quién lo busca?­— le dije en tono mamón para que viera que yo también podía darme mi taco. —Eduardo Garza­— me contestó. ­—¡Pues ya le dije que está ocupado!— ­—¡O me abres cabrón o tiro la puerta y te pongo en tu madre! — me gritó el güey, y pues tampoco voy a dejar que cualquier pendejo me insulte, estás de acuerdo. —¡No es necesario que tires la puerta güey! Ahorita salgo y a ver de a cómo nos toca­— y ahí fue cuando empezó todo el asunto, porque cuando abrí la puerta (ya traía yo un desarmador en la mano por aquello de las dudas) que lo veo al güey todo trajeadito y con dos guarros atrás de él, y entonces me dije a mí mismo: “¡Ya ves pinche Paco, te lo dije. Ahora sí ya te embarraste de a de veras!”

Eva tomando el sol

Capítulo X

Cuando Julia entró al departamento Adrián se quedó helado, volteó a la izquierda para mirar de nuevo el viejo espejo oxidado que ahora tenía cara como de “a ver si es cierto, todas las mañanas con lo mismo y resulta que ahora la tienes enfrente”.
Pero el profesor trató de guardar la calma, despidió al portero, se limpió los lentes con la corbata y con el tono más amable que pudo fingir le preguntó —¿Qué haces aquí?— A lo que Julia respondió desparramándose en el sillón y prendiendo un Camel sin filtro; —pues vine a verte… estás bastante acabado, te dije que tus pinches libritos no te iban a llevar a ningún lado. Oye, que corbata tan horrible traes ¿eres vendedor de seguros o algo así?

Adrián ya estaba acostumbrado al cinismo de Julia; no es que ella fuera así siempre, pero entre ellos se había levantado hacía muchos años una pared construida con rencor y bilis, con necesidad y deseo, con… ¿amor? No, todavía no estaba listo para emplear la palabrita mágica. El profesor fue por una taza de café y la puso frente a ella: —¿Negro y sin azúcar como antes?— le preguntó, y Julia contestó moviendo la cabeza y apagando el cigarro de un manotazo como si estuviera matando una mosca. —Estas madres saben horribles— le dijo mientras tiraba sobre la mesa la pequeña cajetilla de cigarros y le daba un sorbo discreto al café, dejando una línea roja en la taza.

El profesor hizo acopio de toda su paciencia y prendió el Marlboro número uno del día (los de la madrugada no cuentan). —Te pregunté qué haces aquí.

—Ya te dije, vine a verte ¿aparte de asegurador de a peso eres sordo?— Adrián no pudo más, le lanzó a Julia el cigarro prendido (con tan mala suerte que no le atinó y eso que la distancia entre los dos era como un metro), se levantó y se puso a gritarle todo lo que había querido gritarle los últimos cinco años de monólogos con el espejo. Julia le contestó con humillaciones y sarcasmo, lo sacó de quicio para meterlo poco a poco en su juego y lo logró. Sin darse mucha cuenta de cómo habían llegado hasta ese punto, Adrián se vio de pronto sosteniendo las piernas de Julia en el aire, con la cara cubierta de un rojo horrible y el nudo de la corbata, que no resistió ni el primer embate, le llegaba ahora a la altura de la cintura.

Cuando terminaron, quedaron casi desnudos y tirados sobre la alfombra anaranjada que el ingeniero había mandado a hacer especialmente para el departamento (y aunque Adrián odiaba minuciosamente esa alfombra, ahora le parecía el paraíso terrenal).

El profesor prendió el segundo Marlboro del día, le ofreció uno a Julia y, después de prendérselo, le dijo: —No he pasado un día en los últimos cinco años sin pensar en ti— Julia respondió con una carcajada —tu portero nos está viendo —dijo señalando la ventana entreabierta donde se colaba el sol y se alcanzaba a ver la sombra larga y delgada de Don Paco. Adrián trató de levantarse para cerrarla pero Julia lo detuvo —déjalo, la verdad es que soy exhibicionista de clóset, además me hace falta un poco de sol, mira que pálida estoy, voy a acabar pareciendo muerto como tú.

Adrián volvió a ponerse los lentes, bajó la cabeza hasta la cintura de Julia y con la tinta invisible de un dedo, comenzó a resanar el tatuaje de la salamandra que Julia tenía en la cintura. Se lo había hecho el día que se habían acostado por primera vez. Él le rogó que no se anduviera pintando cosas en el cuerpo, sobre todo animales tan desagradables, pero Julia fumaba y lloraba al mismo tiempo mientras las agujas iban y venían por su vientre… Cuando terminó estaba tan cansada, que el profesor tuvo que llevarla casi arrastrando hasta el coche; ya en la casa, Julia le dijo que ese tatuaje no lo dejaría volver a dormir nunca.

—Sígueme diciendo cuánto piensas en mí— dijo Julia quien se divertía haciendo “donitas” con el humo del cigarro. —¡Vete al carajo!— respondió Adrián —bueno, entonces vamos a seguir dándole show a tu portero— agregó divertida mientras apagaba el cigarro y le arrancaba al profesor los lentes de la cara.

Tengo una muñeca que regala besos

Capítulo XI

Julia estuvo deambulando por el departamento mientras Adrián pedía por teléfono toda clase de disculpas a quién sabe cuántos burócratas por haber faltado a su conferencia sobre “Literatura mexicana en el siglo XXI”. Era un sábado tembloroso y Julia decidió no abrir ninguna ventana, no quería dejar que nada de “allá afuera”, perturbara la calma de “acá adentro”. Además, pensaba Julia, ya había tenido suficiente sol y show con el que habían montado ella y el profesor la noche anterior.

Mientras Julia hurgaba sobre un montón de libros viejos y marcados con clips de colores, encontró un cuaderno pequeño de tapas duras y azules. En la primera hoja, que no tenía fecha ni título, Julia leyó lo siguiente:

(Texto tomado del cuaderno azul del profesor y copiado al pie de la letra por el narrador de esta novela).

¿Dónde comenzarías a buscar tú?

¿En los álbumes cursis con tu nombre bordado al frente?

¿En el cajón del buró?

¿En el cuarto de niños donde aún resiste intacto el papel tapiz rayado con plumones de colores?

¿En el uniforme sórdido y parchado de la primaria?

¿En la caja de zapatos debajo de la cama?

¿En tu calle notoriamente más chica, llena de casas nuevas y de “casetas de vigilancia”?

¿En la alegría fácil de los viernes?

¿En la tortura minuciosa de los domingos?

¿En ella?

¿En la que te dijo que no, para sorpresa tuya y burla de todos los demás?

¿En la que te dijo que sí, para burla tuya y sorpresa de todos los demás?

¿En la que no dijo nada y dejaron de existir tú y los demás y ya sólo quedó ella?

¿En las cartas fechadas con prisa donde la palabra “amor” se escribía con lápiz?

¿En la memoria?

¿En el cine?

¿En el tráfico?

¿En la palabra que nunca dices?

¿En la palabra que nunca debiste haber dicho?

¿En tu cuaderno?

¿En un clavado perfecto desde la ventana del cuarto piso de tu edificio?

¿Dónde? ¿Dónde comenzarías tú a buscarla?

Aunque el “poema” no tenía nombres explícitos ni iba dirigido a nadie en particular, Julia, como es natural, se sintió de inmediato la destinataria del texto lleno de preguntas, tanto, que cerró el cuaderno azul y lo guardó en su bolsa.

Cuando Adrián colgó el teléfono, Julia lo besó como si no lo hubiera visto nunca y Adrián no pudo rechazarla como debió haberlo hecho desde hacía mucho tiempo; la tomó de la cintura y por primera vez en quién sabe cuantas horas, días, meses, años, que llevaban de conocerse, los dos se quedaron callados y se dedicaron a hacer solamente eso durante toda la noche, mientras el humo de los cigarros recorría el silencio del cuarto.

Pero te vas a arrepentir

Capítulo XII

Camino al motel La Loma, un día después de haber dejado a Julia desnuda y contemplándose en el espejo, el Bendito, transformado ahora en el Comandante Antonio Martínez, se pasó varios altos mostrando con la mano derecha su placa de la Policía Judicial.

A una cuadra del motel el Comandante se detuvo en una tienda, compró una botella de Martell y pensó que, después de todo, todavía no estaba tan viejo como para pensar en casarse; total, a Julia no parecía importarle demasiado que él fuera un hijo de puta, y eso era justamente lo que el Comandante planeaba explicarle esa noche. Él quería decirle que en realidad no era un hijo de puta, que sólo hacía su trabajo y lo hacía bien, que los verdaderos cabrones eran “los de arriba”, los que le ordenaban a él limpiar las porquerías que ellos habían hecho, y eso era lo que él hacía, por eso era Comandante, por eso los peces gordos y los dinosaurios viejos confiaban en él. Sabían que mataba sin hacer preguntas, no porque le gustara hacerlo, sino porque era su trabajo y, viéndolo bien, no era peor que muchos otros trabajos en los que la gente tiene que hacer cosas malas para poder sobrevivir.

Por supuesto no era la primera vez que el Comandante ensayaba este discurso, lo tenía aprendido de memoria y, por lo general, se lo decía a sí mismo las noches en que un rescoldo de conciencia le hacía difícil el sueño, pero esta vez, pensaba el Comandante mientras metía la llave en la cerradura del cuarto, esta vez es en serio…

Por eso cuando se dio cuenta que Julia ya no estaba en el cuarto 107 del motel La Loma, donde él la había dejado, aventó la botella de Martell e hizo pedazos el mismo espejo en el que una noche antes Julia se había cepillado el cabello. Bajó las escaleras, llegó hasta el mostrador de la recepción y puso el cañón de la Mágnum .357 sobre la cabeza el gerente.

Juan Antonio Pérez, gerente del motel La Loma, dio toda clase de explicaciones al Comandante mientras éste lo sujetaba del cuello y le hundía la pistola en la cien como si quisiera taladrarle con ella el cráneo.

El Comandante Antonio Martínez nunca supo lo cerca que estuvo de morir esa noche: después de insultar y golpear al gerente, bajó lentamente la Magnum con la cacha bañada en oro, a la que el Comandante llamaba cariñosamente “la Oxigenada”, la guardó en su cinturón y se dio la vuelta rumbo al estacionamiento. Fue en ese momento cuando Juan Antonio Pérez alcanzó la escopeta Smith & Wesson que guardaba debajo del mostrador, apuntó a la cabeza del comandante e imaginó por un segundo los pedazos de sesos embarrados en la puerta de entrada del motel…Pero Juan Antonio Pérez no era Antonio Martínez, él no mataba a sueldo ni se había inventado un discurso para calmar a su conciencia, tampoco le había puesto nombre a su rifle, ni tenía influencias en la PGR, ni siquiera había disparado nunca la escopeta que ahora sostenía entre sus manos; así que quitó el ojo de la mira, y vio cómo Antonio Martínez azotaba la puerta y salía del motel La Loma dándole la espalda.

Mientras Juan Antonio Pérez se limpiaba las heridas en un pequeño baño y lloraba de rabia por no haber tenido el valor de volarle la cabeza al Comandante, Antonio Martínez estacionó el Chrysler verde frente a una casa enorme en la colonia Lomas de Chapultepec. Ahí vivía uno de los altos mandos de la Policía Secreta.

El Comandante golpeó la puerta decidido, aún sabiendo que eran las cuatro de la mañana, aún sabiendo que lo que estaba a punto de hacer podía costarle caro. Después de algunos minutos habló por el interfón: —Dígale al Coronel que el Comandante Antonio Martínez está aquí afuera. Dígale que vengo a cobrarle un favorcito.

Mientras se abrían las enormes puertas metálicas de la casa, el Comandante apagó el Camel sin filtro número 31 del día, estaba decidido a buscar a Julia hasta el último rincón de la ciudad, del país, del mundo. —El Coronel lo va a recibir ahora— le dijo un agente, y el Comandante entró a un salón inmenso lleno de cuadros horribles y con las paredes pintadas de un café nauseabundo: “Nadie se burla del Bendito” pensó, “y menos una niña bien, disfrazada de puta”.

—¡Coronel!— dijo el Comandante haciendo una especie de reverencia: —Hoy nos ponemos a mano. Necesito que me encuentre a alguien y necesito que sea rápido.

Lucha de gigantes

Capítulo XIII

—Te digo que ya traía yo un desarmador en la mano, pero cuando vi a los escoltas ya sabía que no me iba a servir para nada, de todas maneras lo levanté y se lo enseñé al güey ese trajeadito, al tal Eduardo Garza, estábamos todos en la reja y yo me le quedé viendo y le dije: —¡Lo más seguro es que me maten tus orangutanes, pero limpio no te vas a ir, hijo de la chingada!­— Como ya te imaginarás, uno de los guarros luego luego sacó la pistola, ya sabes que son re putos, y yo, como no andaba borracho… o por lo menos no tanto, pues sí me eche pa atrás, no vaya siendo que se le saliera un tiro.

Y en esas andábamos cuando el trajeadito metió la mano, le bajó la pistola a su gorila y después me dijo: —¡Mira pendejo, el asunto no es contigo, así que mejor dime cuál es el departamento de Adrián Núñez y dejamos la fiesta en paz! — Yo la mera verdad no sabía qué hacer, ya te dije que yo quiero mucho al profe pero de ahí a arriesgarme a que me den un plomazo nomás porque él se metió con la puta de quién sabe quién, pues ya es muy diferente.

Me quedé callado, como si alguien me hubiera pegado la boca con cemento, solté el desarmador pero no dije nada, nomás me les quedé viendo y cuando trataba de decir algo no podía, como si anduviera bien pasado o algo así, y ahí fue cuando el tal Eduardo le dijo a uno de sus monos —¡ponle un balazo a este pendejo y vamos a buscar a Julia!­— El guarro sacó la pistola, me apuntó a la cabeza (ahora que lo pienso bien yo creo que nomás me querían sacar un susto, y de que me lo sacaron me lo sacaron) y entonces fue cuando yo pensé que ahora sí me había cargado la chingada… Ya ves que dicen que cuando te pasan esas cosas ves toda tu vida como si fuera una película ¡madres qué! Yo solamente pensaba que un cabrón que yo ni conocía me iba a abrir un tercer ojo en la frente nomás por andar de metiche y de hablador.

Ni tiempo me había dado de encomendarme a nadie, cuando escuché un balazo y pensé: ahora sí ya valió, pero en eso me di cuenta de que el guarro que me estaba apuntando se volteó para otro lado, me toqué la frente y vi que no tenía sangre, entonces levanté la cabeza y ahí estaba el profesor a la mitad del pasillo, con un revólver en la mano al que todavía le salía humo del plomazo que había tirado al aire.

Ya te imaginarás cómo se pusieron las cosas, los dos escoltas le apuntaban al profe y el profe le apuntaba al trajeadito. Nadie sabía qué hacer, yo menos, nunca me imaginé que el profe tuviera un fogón, seguro era de la tal Julia. Total que todos andaban ahí apuntándose y mentándose la madre, el trajeadín le decía al profe que él había secuestrado a su vieja y el profe le decía que no tenía idea de lo que estaba hablando y entonces, en una de esas, el tal Eduardo le dijo al profe:
—¡Órale, jálale cabrón, ni para eso tienes los huevos!­— Y yo pensé que cero y ya iban dos en menos de dos días, pero el profe se le quedó viendo y puso una cara de loco que me cae que yo estaba seguro de que sí se lo iba a escabechar, y yo creo que eso hubiera pasado si no es porque llega el Comandante ese, ese que te conté que, ya después de que se habían echado al pico a la Julia, vino a preguntarme un chingo de cosas.

Comandante Antonio Martínez se llama el güey, salió de la nada yo ni lo había visto hasta que pegó un grito: —¡Policía Judicial cabrones, si alguien se mueve me lo chingo!­— dijo y en la mano llevaba el mismo cañonzote con la cacha dorada que yo le vi en la cintura al día siguiente.

No sé si fue por el tamaño de la pistola o por la cara de maldito que tiene el Comandante ese, pero todos le hicieron caso y pusieron las pistolas en el piso: —¿Qué chingados está pasando aquí? — preguntó todavía con el plomo en la mano. Entonces el tal Eduardo dijo que habían secuestrado a su esposa y que el profe la tenía encerrada en su departamento.

El Comandante se quedó pensando un rato, guardó la pistola, prendió un cigarro y con una cara como de burla, le preguntó al trajeadín: —¿Cómo se llama tu esposa? —

— Julia, Julia Díaz­— le contestó.

Y entonces pasó algo que ya tampoco entendí, el tal Comandante Martínez casi se orina de la risa cuando escuchó el nombre de la Julia esa, hasta se ahogó con su cigarrito el güey, pero no dejaba de reírse, parecía que venía pacheco, hasta que el catrín le preguntó: —¿Se está usted burlando de mí, Comandante? No se lo recomiendo, tengo muchos amigos que a usted no le gustaría tener como enemigos. —Cálmese— le contestó el Comandante —creo que venimos a resolver el mismo problema— dijo mientras sacaba otra vez la pistola y le apuntaba al profe —¡llévanos a tu departamento pero ya!­— El profe se encogió de hombros y les hizo una seña para que lo siguieran… Yo los seguí también pero guardé mi buena distancia y pensé: “Ahorita que encuentren a la tal Julia ahora sí se va poner feo el asunto”.

Segunda parte

Va desde el principio

Adiós Princesa

Capítulo XIV

El día que Julia se casó con Eduardo Garza, Adrián (por motivos evidentes) no fue requerido ni para la ceremonia religiosa, ni para la fiesta que duró hasta las seis de la mañana en la hacienda de los padres de Eduardo. Por eso, Adrián nunca supo que Julia fue llevada al altar (y de blanco como Dios manda), por uno de sus tíos, porque el padre de Julia, Alberto Díaz, tampoco fue invitado a la boda.

Los papás de Lalito se sentían incómodos por la manera de beber del papá de Julia, además, cuando Alberto Díaz se enteró que su hija se casaba con el junior de Don Guillermo Garza, en lugar de con “el pinche mariguano ese” (como llamaba el papá de Julia cariñosamente a Adrián), en vez de frotarse las manos pensando en el dinero de los Garza, soltó una carcajada, se sirvió otro whiskey y le dijo a Julia —¡Ahora resulta que eres puta fina! ¡No mames!

La mamá de Julia había muerto diez años antes, al parecer de una enfermedad del corazón, pero Julia nunca quiso tocar el tema con Adrián. La manera de beber de Alberto Díaz ya era “incómoda” desde antes de la muerte de la madre de Julia, pero lo cierto es que desde que ella murió, Alberto Díaz no volvió a estar sobrio ni un solo día, hasta que se estrelló en la carretera México-Querétaro y murió de manera instantánea, diecisiete años después de haber enterrado a su esposa y siete años después de la muerte de Julia, su única hija.

Un amigo de Adrián le contó que en la fiesta hubo cohetes y un pastel de cinco pisos, que Julia lloró cuando Don Guillermo les dirigió unas palabras a los novios y que Eduardo se puso hasta su madre y perdieron el vuelo que los iba a llevar a París de luna de miel.

Adrián tampoco se enteró nunca de que, como Julia tardaba en embarazarse (tal vez por los anticonceptivos que se tomaba todas las noches a escondidas), Eduardo dejó finalmente preñada a una de sus empleadas cuando llevaba ya dos años casado con Julia. Don Guillermo le ofreció una buena cantidad a la madre para que se desapareciera después de tener al niño (Eduardo Garza tercero, primogénito y, como en los cuentos de hadas, heredero del reino de Don Guillermo) y así lo hizo, hasta que, años después, volvió para reclamar lo que era suyo y armó un escándalo que ocupó las primeras planas en todos los periódicos del país, cuando su hijo era ya el dueño de todas las empresas de los Garza.

El día de la boda de Julia, Adrián se tomó una botella completa de tequila y lloró durante seis horas tumbado en la alfombra anaranjada del departamento de su hermano. En la noche del segundo día, mientras Julia y Eduardo esperaban a que llegara el nuevo avión que finalmente los llevaría a París, Don Paco, el portero del edificio de la calle de Amores en el que Adrián llevaba tres meses viviendo, tocó a la puerta del departamento cuatro, enredó a Adrián con toda clase de explicaciones y preguntas, y después se lo llevó, casi arrastrando, a curarse la cruda en la cantina de la esquina.

—Órele mi profe, échese otro traguito de su medicina— dijo Don Paco mientras llenaba el vaso de Adrián con el mezcal blanco más corriente que vendían en la cantina Minerva. —No vale la pena sufrir por las viejas profe, todas son iguales. Mejor éntrele a su copita porque la noche apenas acaba de nacer— le dijo y le hizo señas al trío para que se acercara a la mesa: —¡Arránquense con una de José José, que aquí mi amigo el profe anda herido de muerte!

Las cuatro y diez

Capítulo XV

A la salida de la escuela, sentadas sobre una jardinera, Julia y sus amigas reían a gritos. Adrián pasó frente a ellas llevando a cuestas un enorme folder gris lleno papeles y servilletas blancas teñidas con letras finas y azules, mientras sostenía con la boca un Marlboro encendido.
Julia se paró frente a él y tuvo que detenerlo de la cintura para que no la atropellara. Adrián levantó la mirada sorprendido y ella le hizo una seña que él, todavía en shock, no logró entender, “en-cen-de-dor”, le deletreó Julia como quien le habla a un sordo. El cigarro y el folder cayeron al piso. Las amigas de Julia reían viendo a Adrián crear un caos de papeles, servilletas, cigarros, lentes y monedas que se escurrían por sus manos torpes. Después de varios intentos, encontró por fin el encendedor escondido en la bolsa derecha de sus jeans. El fuego iluminó la cara de Julia, ella ladeó un poco la cabeza y tomó la mano de Adrián mientras se encendía entre sus labios un Marlboro idéntico al que hace unos segundos había caído en la banqueta.

Adrián Núñez recordaba ese momento de una forma tan minuciosa, tan nítida, tan llena de fantasías e imágenes interminables, que dos años después, en el cine, cuando fue él quien se atrevió a tomar la mano de Julia Díaz, no logró dejar de temblar durante dos horas y media mientras Tom Cruise y Brad Pitt jugaban a Nosferatu en la pantalla.

Julia observaba intrigada el desfile de sangre y estacas cuando sintió caer sobre sus dedos una mano helada y se dio cuenta que Adrián temblaba como una hoja. Poco a poco logró calmarlo, comenzó por los nudillos, muy despacio, después, con la tinta invisible de un dedo, dibujó las líneas que marcaban unas venas enormes y saltonas, jugó con las uñas, llegó a la muñeca y luego la bajó hasta su pierna derecha. La mano de Adrián encontró entonces los muslos perfectos de Julia Díaz debajo de una falda blanca y comenzó a temblar de nuevo.

Julia y Adrián se conocieron en la prepa, pero fue hasta después de la graduación cuando se encontraron en una fiesta y cruzaron más de dos palabras. A Julia le gustaba Adrián porque estaba rodeado de una especie de misterio; durante tres años fue el único hombre de su salón que no intentó “tener algo” con ella. Adrián siempre fue inteligente y tímido, daba la impresión de estar triste todo el tiempo, no se fijaba mucho en su aspecto (ni en el de nadie), desde entonces andaba siempre con un libro en la mano y también, desde entonces, era el blanco favorito de las burlas de todos.

En el último año de la escuela, Julia esperó más de seis meses para que Adrián tuviera el coraje de hablarle, pero eso nunca sucedió; el orgullo de Julia, quien era vista por todos sus compañeros como “una mujer fatal”, cayó hasta el piso ante la pasividad inquebrantable de Adrián, quien no sólo parecía no entender la señales de Julia sino que aparentaba que no le importaban en lo más mínimo. Por eso, en la fiesta de Alejandra, Julia se acercó a él después de “darse valor” con media botella de vodka; lo tomó del brazo, le dio la vuelta hacia ella y le dijo —¿bueno, eres puto o qué? ¡Llevo medio año esperando que te me acerques y tú ni me volteas a ver! O sea que, o eres puto, o de plano eres muy pendejo—.

Adrián la miró con sorpresa, encendió el Marlboro número 22 del día y le dijo: —¿Y no se te ha ocurrido pensar que puede ser que yo no sea ni puto ni pendejo, sino que simplemente no me gustas?— A lo que Julia respondió de inmediato mientras le arrebataba el cigarro de la boca y lo llevaba a la suya: —¡No, no se me ha ocurrido! ¡Veme a mí y luego vete tú! ¡Estás ciego o qué! Mañana quiero que pases por mí a las cuatro, que esperes en la puerta media hora como debe de ser, que me lleves al cine, después a cenar y a tomar algo ¿entendiste?— Adrián prendió otro cigarro y le preguntó a Julia, quien ya le daba la espalda para regresar con sus amigas: —¿Y cómo voy a saber dónde vives?— Julia le respondió sin voltear a verlo —¡pues preguntándole a alguien, como cualquier persona normal!— Adrián sonrió divertido, consiguió la dirección de Julia y al día siguiente tocó el timbre de su casa en la colonia Roma, con dos boletos para el cine escondidos en la bolsa derecha de sus jeans, junto a un encendedor verde. Julia no lo hizo esperar tanto como le había prometido y salió azotando la puerta con una falda blanca y el cabello recogido, a las cuatro y diez en punto.

Tres meses después, mientras tomaban Bacardí en el jardín de la casa de Adrián, Julia le preguntó: —Si yo no te hubiera obligado, nunca me habrías invitado a salir ¿verdad?

—No— le contestó Adrián, dejando su trago en la mesa. Entró a su casa y salió cinco minutos más tarde con ocho cuadernos de tapas duras y azules. —Esto es lo único que yo tenía de ti — dijo. Julia abrió el primer cuaderno con curiosidad, estaba lleno desde la primera hoja hasta la última; el contenido era un diálogo imaginario que Adrián y Julia sostenían en Acapulco. Con los otros siete cuadernos ocurrió lo mismo: eran conversaciones ficticias donde Adrián hacía uso de todos sus encantos y Julia siempre terminaba cayendo rendida a sus pies: algunos ocurrían en la playa, otros en un bar, en un café, afuera de la escuela, hasta en Venecia, donde Adrián hacía callar al gondolero y le recitaba a Julia un poema, ella, con lágrimas en los ojos, le pedía que la llevara al cuarto del hotel en ese momento.

Julia se pasó toda la tarde leyendo estos encuentros fantasiosos en los que ella era la protagonista. Cuando cerró el último cuaderno miró a Adrián, quien se levantó como si esperara el veredicto final de una sentencia a muerte. —¡Me cae que sí estás bien pinche loco!— le dijo.

Adrián volvió a sentarse resignado y le preguntó: —¿Por lo menos te gustaron?— Julia le respondió divertida —sí, aunque me gustan las historias con más sexo. Pero están buenas; menos la de Venecia, ahí sí te pasaste de mamón.

Pedro Navaja

Capítulo XVI

Antes de que Antonio Martínez fuera Comandante, era más cercano a lo que ahora es, a veces, su otra identidad (que es en realidad la que más le gusta): la del Bendito.

Opacado siempre por la sombra de su padre Alfredo Martínez, célebre abogado con fama de intentar todo el tiempo defender lo indefendible, y bajo la mirada implacable de su abuelo: Don
Luís Martínez, Procurador de Justicia de la República por más de 12 años. Antonio Martínez vivió una vida fácil (económicamente hablando) y estuvo muy cerca de convertirse en lo que su padre llamaba “un hombre de bien”, hasta que abandonó la carrera de Derecho y se fue de su casa para perseguir su sueño más íntimo: convertirse en cantante de salsa.

Si bien nunca pudo formar su propio grupo y sus dotes artísticas no eran nada del otro mundo, a base de necedad a veces y de intimidación otras tantas, Antonio Martínez llegó a cantar en varios antros más o menos famosos de la ciudad.

Le gustaba cantar Pedro Navaja. En realidad, más que gustarle interpretar la canción, le gustaba actuarla: se compró el atuendo completo, se volvió diestro en el uso del cuchillo y en una ocasión estuvo a punto de hacerse recubrir un diente con oro; pero el dinero ya no le sobraba y los dentistas no aceptaban canciones como forma de pago y tampoco sucumbieron ante la persuasión de su navaja.

Tal vez por eso, algunos años después, cuando su abuelo le regaló la Mágnum .357, mandó bañar la cacha con oro de 14 kilates y aunque no la guarda en el bolsillo de su gabán, le gusta hacerla brillar cuando se descubre la camisa y deja que la Oxigenada se asome sobre su cinturón.

Nadie supo si fue por seguir la leyenda de su personaje favorito o por la adicción a la cocaína que, desde entonces, hacía que Antonio Martínez sufriera lo que los psiquiatras de la PGR llamaron después “arranques súbitos de violencia”, pero el caso es que una noche mató de dieciocho puñaladas al gerente de un bar porque éste le había negado la entrada aludiendo a su pinta de proxeneta.

El asunto hubiera sido un escándalo, pero Don Luís Martínez se enteró primero de la noticia y mandó a sus escoltas a “arrestar” a Antonio, quien en lugar de ir a dar a algún reclusorio de la ciudad, fue llevado a una bodega abandonada ubicada en la colonia Obrera Industrial. Ahí, bajo el ojo vigilante de Don Luís Martínez, Antonio fue torturado de todas las maneras posibles (por lo menos de todas las maneras que conocían los agentes) durante casi dos semanas.

Experimentó en carne propia el famoso “tehuacanazo”, los toques eléctricos en los genitales, los batazos en las plantas de los pies y quemaduras de cigarro en casi todo el cuerpo. Se podría decir que ésa fue su primera “clase de tortura”; descubrió los puntos débiles, sintió la claustrofobia del encierro, entendió el significado de la palabra terror cuando lo pusieron de espaldas contra la pared y escuchó un balazo que penetró el concreto y que le dañó para siempre el oído izquierdo.

Esas lecciones de tortura fueron las mismas que utilizó el Comandante durante muchos años, por eso le gustaba decirle a los que caían en sus manos: —Esto— repetía el Comandante mientras sostenía en una mano los cables de una batería —te va a doler más de lo que cualquier otra cosa te ha dolido en la vida. Te lo digo por experiencia.

Cuando salió de la bodega donde estuvo encerrado, Don Luís Martínez lo llevó personalmente al hospital militar, en el que Antonio Martínez permaneció más de un mes curándose de las llagas en las muñecas, inflando globos para que volvieran a soldar dos costillas rotas; lo trataron por desnutrición y por quemaduras graves en diferentes partes del cuerpo, le vendaron un hombro dislocado y tuvieron que reconstruirle el tabique de la nariz.

El día que Antonio Martínez salió del hospital, Don Luís y sus escoltas (los mismos que lo habían torturado durante más de diez días) esperaban a Antonio en una camioneta blindada en la que lo llevaron a la PGR para firmar papeles y darse de alta en las fuerzas de elite. Una semana después, Don Luís Martínez nombró a Antonio Comandante y puso a su cargo a un puñado de policías, narcotraficantes, periodistas y unos cuantos políticos de medio pelo. Ese mismo día también le regaló a la Oxigenada y le dijo con acento triunfal: —¡Que no se te olvide quién te enseñó a ser hombre!—

—No te preocupes— le contestó el Comandante a su abuelo mientras se ponía en la cintura la Mágnum .357 —te juro que esto no se me va a olvidar en todos los días que me queden de vida.

Esa noche el Comandante se disfrazó por primera vez del Bendito. Sosteniendo la placa de judicial en la mano derecha, le dijo al portero —soy el Comandante Antonio Martínez. Consígueme una mesa cerca de la pista y una botella de Martell. Llama al dueño, dile que cambió la administración y que tiene varios pagos atrasados; también dile que el Bendito no pide las cosas dos veces— Y entró caminando al local intentado reproducir el tumbao que tienen los guapos al caminar.

Cuentos compartidos

Capítulo XVII

Adrián y Julia no salían casi nunca. La casa de aquél se había convertido en su refugio porque vivía prácticamente solo en un terreno enorme cerca de la plaza de Coyoacán. Los padres de Adrián se habían ido a California desde hacía dos años y su hermano, el ingeniero, se pasaba todo el día en la universidad ocupado en quién sabe qué proyecto de robótica.

—Aquí tenemos todo, ¿para qué nos vamos a gastar dinero a lo güey?— le decía Adrián a Julia las pocas veces que ella quería salir a algún lado. La verdad es que Julia y Adrián habían tenido ya varios “incidentes” en los bares cercanos.

Una noche, mientras Adrián trataba de enseñarle a Julia una “acrobacia” que había aprendido de niño en una de sus múltiples visitas al circo (cuando tenía seis años Adrián se juró a si mismo que algún día sería trapecista), se tropezó con la pata de una silla y cayó de espaldas sobre una mesa donde un tipo y su novia tomaban vino tinto. Adrián le abrió el labio a la mujer de un codazo y él se hizo una herida en la cabeza que requirió de cuatro puntadas cuando golpeó con la nuca la mesa de metal. El novio de la sangrante dama hizo lo propio y le dio de patadas a Adrián mientras éste se retorcía con la cara ensangrentada. Julia tomó entonces con la mano derecha la botella de Bacardí y la lanzó contra el hombre que golpeaba a Adrián, con tan buena puntería, que le dio exactamente a la mitad de la cara; cuando él se desplomó y cayó al piso justo al lado de Adrián, dos meseros sujetaron a Julia de las manos. Por supuesto llegaron la policía y la ambulancia. Julia fue llevada a los separos acusada de daños y lesiones, y según lo que le decía el policía en el camino, chance y hasta la procesaban por intento de homicidio y entonces sí la cosa se ponía complicada.

Después de tres horas, el ingeniero llegó al Ministerio Público, sobornó a cuatro policías, a un juez y hasta a un Comandante, un tal Antonio Martínez y sacó a Julia de la celda antes de que se levantaran cargos contra ella.

Casi eran las cinco de la mañana cuando por fin llegaron a casa de Adrián. Al verlo todo vendado de la cabeza como si trajera un turbante, con un ojo entre morado y verde y sosteniendo en la mano una cuba, Julia soltó una carcajada y le dijo: —¡Me cae que la acrobacia te salió de poca madre! Enséñale a tu hermano cómo es­— dijo apuntando a Rubén Núñez (el ingeniero), mientras Adrián reía también a carcajadas y hacía reverencias ante Julia como si estuviera agradeciendo su acto de cirquero. —¡Son un par de pendejos!— les gritó el ingeniero. —¡No creas que mis papás no se van a enterar de esto!— dijo mientras señalaba a Adrián quien no podía dejar de reírse; Julia fue a abrazarlo y entonces el ingeniero apuntó el mismo dedo hacia ella y le dijo: —¡Y tú pinche loca, casi matas a alguien hoy y todavía te ríes! ¡Ni creas que te salió gratis el numerito, los dos me van a pagar cada peso que gasté en sus estupideces! Además ¿qué no tienes casa o qué?— Julia trató de responderle pero no pudo, lloraba de risa y tuvo que tirarse al piso y sujetarse el vientre mientras Adrián le servía tequila en un caballito.

Este tipo de eventos eran bastante comunes cuando Adrián y Julia decidían salir a la calle con más de un trago encima, por eso Adrián hacía todo lo posible por quedarse con Julia en su casa y hacer sus actos en privado. De todas maneras, cada vez que recordaban “la noche de la acrobacia”, volvían a reír como idiotas y la gente los miraba pensando justo eso: que eran un par de idiotas.

Kiss me

Capítulo XVIII

—Oye ¿tú crees que “el amor”, tan manoseado, tan sobrestimado, tan publicitado por Hollywood y por las canciones de Maná, sea esto que nosotros estamos haciendo? Y no me refiero a ahorita mismo, digo “haciendo” por la manera en la que lo vamos formando cada día.

—No sé… yo creo que el amor en general, pero sobre todo “ese” amor del que tú estás hablando, no es más que un cóctel de hormonas recorriendo nuestro cuerpo en el momento exacto, en el lugar preciso. Lo demás es nostalgia, necesidad, costumbre, seguir a la manada hasta que tengas el dinero para crear la tuya, el sermón de los abuelos­.

—Sí, sí, todo eso lo entiendo bien, es la parte lógica del asunto, pero ¿no crees que tal vez hay algo más? ¿No crees que si podemos ser tú y yo tan una sola cosa, si podemos sentir al mismo tiempo y sin ayuda de nadie, que por fin encontramos eso que ni siquiera sabíamos que estábamos buscando, es porque hay algo más?

—¿Como qué? ¿El orden cósmico? Tanto tiempo, tanto espacio y coincidir. ¡No mames! Eso es publicidad barata para gente estúpida que en realidad piensa que está “encontrando” cosas, que cree en la “evolución del alma”, que de veras piensa que su vida puede ser como uno de esos capítulos de las series gringas, donde dos pendejos de quince años son más sabios que Buda y más profundos que Rilke… Pura mierda, carne de cañón para los grupos de autoayuda. Pásame la cobija, me estoy helando.

—No, me gusta verte desnuda, te ves más indefensa, menos en pie de guerra.

—Ya, ya escritor. Tus frases domingueras no van a hacer que tengas más suerte esta noche de la que ya tuviste; además no creo que aguantes mucho más y yo no voy a agarrar una pulmonía nomás para que tú perfecciones tus diálogos imaginarios.

—¿Ves? Yo te hablo de amor y tú me insultas, así no vamos a llegar a nada.

—No vamos a llegar a nada porque tú no quieres llegar a nada. Sólo quieres coger, chupar y tener a alguien al lado que escuche tus cuentitos; en eso sí coincidimos, yo también quiero lo mismo, así que por qué no, por un solo pinche minuto de tu vida, dejas de darle vueltas a las cosas, me pasas la cobija, te fumas un cigarro y te duermes. De todas maneras mañana vamos a estar tan crudos que te juro que la palabra amor, no va a formar parte de nuestro vocabulario.

Adrián se quedó dormido diez minutos después, con el Marlboro número 27 del día todavía prendido entre sus dedos, Julia se lo quitó despacio, lo apagó en el cenicero y casi sin darse cuenta le puso una mano sobre la espalda. “Este cabrón está empezando a gustarme demasiado”, pensó Julia, “estoy cayendo en su juego, poco a poco me está amarrando con sus desmadres mentales. Si esto sigue así, voy a terminar como la Julia de sus cuentos y eso sí no lo puedo permitir. Hay que correr Julia y hay que hacerlo pronto”.

Hermano cayó la ley

Capítulo XIX

El Comandante Antonio Martínez fue adquiriendo poder y reputación mientras pasaban los años, todo el mundo creía que cuando su abuelo dejara de ser Procurador, su nieto caería junto con él porque estaban amarrados del mismo mecate. Lo que nadie sabía (ni siquiera Don Luís) era que Antonio había hilado ya su propia cuerda mucho antes de que su abuelo fuera cesado, tres años después de que lo nombró Comandante y le regaló a la Oxigenada.

Antonio Martínez era hábil y carismático, y así como sabía mandar a su gente también cumplía las órdenes que recibía al pie de la letra, por eso se hizo de amigos poderosos, por eso logró mantener a su gente unida a pesar de las envidias y los juegos de poder (“Yo robo pero también dejo robar”, solía decirle Antonio a los agentes que lo rodeaban), por eso siguió siendo Comandante once años más aún sin Don Luís Martínez cuidándole la sombra, por eso, una noche recibió una llamada del Coronel René Flores para que se presentara en su casa de las Lomas de Chapultepec lo antes posible.

—Mira— le dijo el Coronel a Antonio Martínez quien, con la premura de la llamada, ni siquiera se había alcanzado a quitar el disfraz del Bendito —la gente como Don Luís ya no es bien vista por la sociedad. Ayudaron mucho en su momento y prestaron un servicio invaluable a la patria, pero ahora están seniles y rencorosos. Nos estorban… No sé si me estoy explicando bien.
—¡Por supuesto que sí Coronel!— respondió el Comandante —lo que usted quiere es que yo me lleve a mi abuelo a unas vacaciones pagadas a la tumba. No se preocupe, lo voy a hacer con todo el gusto del mundo.

­—No, no. No me estás entendiendo— dijo el Coronel —las cosas no se pueden resolver así con un hombre con la reputación y la memoria de Don Luís Martínez. Primero tenemos que acabarlo por completo, destruir hasta el último rescoldo de la credibilidad que le quede, humillarlo frente a los medios, contar su historia negra sin excluir el más mínimo detalle. Es ahí donde tú vas a ayudarnos, Comandante ¿quién mejor que su propio nieto para atestiguar las atrocidades del ex Procurador? Eres buen elemento y tienes futuro, pero primero necesito saber de qué lado estás.

—Pues del mío— contestó de inmediato Antonio —que por ahora es el suyo también Coronel. Dígame qué quiere que haga y considérelo un hecho. Nada más acuérdese, y esto se lo digo con todo respeto, que así como usted me necesita hoy, yo lo voy a necesitar mañana— dijo Antonio Martínez mientras encendía el Camel sin filtro número 38 del día.

Cuatro meses después se inició la averiguación previa contra el ex Procurador de la República, Luís Martínez Zúñiga. El Comandante Antonio Martínez declaró ante un juez federal haber sido testigo de cómo Don Luís negociaba con narcotraficantes y aceptaba sobornos millonarios de los grandes cárteles de la droga; también dijo bajo juramento que él mismo había sido intimidado y sobajado por su abuelo, quien juró matarlo si decía una sola palabra de lo que ahora estaba atestiguando.

—¡Ni los perros muerden la mano que les dio de comer! ¡Hijo de la chingada!— le gritó Don Luís Martínez al Comandante antes de que su abogado lograra hacerlo callar. Antonio esbozó una sonrisa y dejó que la Oxigenada asomara su cacha dorada frente al anciano decrépito en el que se había convertido abuelo. “Esto te va a doler más de lo que ninguna otra cosa te ha dolido en la vida”, pensó el Comandante Antonio Martínez mientras abandonaba el juzgado.

Esa misma noche, Don Luís Martínez Zúñiga fue puesto bajo arraigo domiciliario acusado de enriquecimiento ilícito y tráfico de estupefacientes. El caso fue turnado al juez federal Raúl Contreras y Alfredo Martínez se convirtió en el abogado defensor de Don Luís, sin cobrar ni un sólo peso por sus honorarios, y no lo hizo por tratarse de su padre (con quien Alfredo no había cruzado una palabra por más de veinte años), sino porque éste era un verdadero reto para defender lo indefendible.

Don't let me down

Capítulo XX

Después de dos año de ocio y Bacardí, pero sobre todo, después de dos años con Julia (quien se había mudado a la casa de Adrián hacía ya un año), Adrián Núñez entró por fin a la universidad y tomaba todos los días dos camiones para llegar a la facultad de Filosofía y Letras. Julia, bonita y loca como siempre, no podía decidir qué hacer con su vida, así que se hizo amiga de algunos “artesanos” y vendía con ellos pulseras y collares en la plaza de Coyoacán.

Las cosas andaban muy bien, por lo menos eso le decía Adrián a Julia: —Por primera vez en mi vida estoy de verdad contento. Estoy contigo, hago lo que me gusta, mis papás siguen mandando dinero a la cuenta de banco que les mitiga la culpa. Todo por fin está en orden. ¡Te lo dije! Te dije que algún día nos tenía que salir algo bien.

Julia no estaba tan convencida, pero igual levantaba su vaso para brindar por “estos buenos tiempos”, aunque en el fondo se aburría cuando Adrián no estaba y lo de las pulseras era más un pasatiempo que un negocio; pero él trataba de mantenerla alegre: ­—Un día te decides y te pones a estudiar lo que te de la gana— le decía —luego, cuando los dos trabajemos y tengamos dinero, mandamos a la chingada a mis papás y a esta ciudad de mierda y nos vamos a vivir a Europa, a Alaska, a Nueva Delhi ¡Vale madres a donde! El caso es que estemos juntos.
—Sí— le contestaba Julia —un día de estos me decido.

Adrián pasaba las tardes leyendo y las noches escribiendo, parecía que sus obsesiones no tenían fin: —Hay que vivir para las letras— le decía a Julia, mientras ella se servía otro trago y miraba la pared como si tratara de descifrar un crucigrama —hay que darles todo, TO-DO— repetía continuando con su monólogo y Julia le sonreía y volvía a lo suyo, su trago y la pared, la pared y su trago; al igual que Adrián, Julia parecía estar envuelta en un círculo interminable…

—Lo que le falta a Julia es pasión— les contaba Adrián a sus nuevos amigos de la facultad —no pelea por lo que quiere, no entiende que el arte, como la vida, es un trabajo de tiempo completo, sin treguas, sin horarios, sin paz ¿Te imaginas a Huidobro o a Girondo vendiendo pulseritas en la pinche banqueta? Digo, no es que piense que Julia tenga algún tipo de talento escondido, pero si uno se resigna, si uno deja de buscar, no tiene ningún caso estar parado en este mundo.

Si el profesor Adrián Núñez hubiera tenido una grabadora mental y ocho años después, en el tráfico camino a la universidad, en lugar de oír a Luís Miguel hubiera escuchado su voz de “adolescente militante”, se habría revolcado de la risa, le habrían dado ganas de regresar el tiempo y agarrar a madrazos a ese niño imbécil que hablaba sobre “El Arte”, “Las Letras” y “La Pasión”. Le habría estrellado la cabeza en el piso por pendejo, por pretencioso, por no prestarle atención a Julia. Lo habría golpeado hasta que sangrara por permitir y hasta propiciar que su vida se fuera a la mierda. Pero el profesor no recordaba ya a aquel Adrián, sólo recordaba a aquella Julia: la de las pulseras, la de las risas en el jardín, la del tatuaje de la salamandra. El otro, su novio de aquellos días, ese Adrián, había sido enterrado por capas y capas de rutina, por días enteros de soledad y por mañanas de resaca interminable. Ese Adrián, murió mucho tiempo antes de que a Julia le pegaran cinco tiros en el patio de un edificio en la calle de Amores, a las seis y veinte de la mañana.

Ella usó mi cabeza como un revólver

Capítulo XXI

Mientras pasaba el tiempo, Julia se arrepentía más y más de no haber obedecido a sus piernas y salir corriendo aquella noche en que apagaba el cigarro de Adrián. No es que ya no lo quisiera, pero después de tres años, la relación entre ellos se volvió rutinaria y vacía, sobre todo el último año en el que Adrián entró a la universidad y se convirtió en otra persona.

Julia pensaba en ese tipo de cosas cuando debatía largas noches con la pared mientras Adrián leía libros cada vez más gruesos y raros; había pasado de ser un borracho amigable y acróbata, a convertirse en un intelectual de sobremesa. Julia odiaba a sus nuevos amigos de la facultad que invadían la casa todos los días y pasaban horas y horas fumando marihuana y discutiendo sobre Focault o sobre Lacan; que si Borges esto, que Tzara aquello, que si no hubiera sido mejor que Niestzsche no se hubiera atrevido a escribir nada nunca, etc.

Julia se aburría como ostra ante el desfile de nombres que por supuesto no conocía y que además le importaban un carajo. Aquellas reuniones se parecían más a un concurso de memoria que a lo que en realidad eran: un montón de pachecos en un jardín dándose aíres de grandeza y acariciándose el ego unos a otros.

Adrián no le prestaba a Julia la menor atención, sus salidas esporádicas a los bares dejaron de existir, ahora él la dejaba sola con su trago frente a la pared y sacaba libros y poemas que les mostraba a sus amigos como si fueran trofeos de caza, y todos le aplaudían como si de verdad les importara algo de lo que Adrián hacía o decía.

Así pasó casi un año, hasta que Julia cansada y aburrida hasta la náusea, buscó a sus viejas amigas de la prepa. Con ellas se inició en la mini falda y en la sonrisa fatal para entrar a los antros, con ellas probó la coca y el sexo furioso en los baños y en los asientos de los carros; con ellas, también, incursionó por primera vez en el modelaje (que no tenía nada de artístico) y así, de mano en mano, de contacto en contacto, se convirtió en edecán, y en uno de esos “eventos” fue cuando vio por primera vez a Eduardo Garza, rodeado de gente y de botellas champaña.

—Ese güey— le dijo uno de los reclutadores que la había contratado —tiene más dinero del que ninguno de nosotros vamos a ver junto en nuestra puta vida. Es el hijo de Guillermo Garza—.

Julia no tenía idea de quién era Guillermo Garza, ni de por qué su hijo tenía tanto dinero, pero cuando él le hizo señas con la mano para que se acercara a su mesa (las mismas señas que le hizo el Comandante Antonio Martínez cinco años después en el Mambo Café) Julia caminó hasta él con la más falsa de las sonrisas que ensayaba todos los días en el espejo y pensó que, después de todo, Adrián tenía razón: había que decidirse y comenzar a ganar dinero…

Tres semanas después, cuando Julia terminó de hacer su maleta meticulosamente, sin dramas, sin ademanes gastados, sin reproches inútiles, sin pedir indemnizaciones, se paró en el marco de la puerta y miró a Adrián quien escribía incansable en un cuaderno de tapas duras y azules.

—Me voy— le dijo Julia —espero que te vaya bien y que algún día, cuando seamos “adultos responsables”, me invites un trago para recodar lo que se nos fue.
—¡Lárgate!— le respondió Adrián sin voltear a verla —nada más acuérdate de que si te vas hoy, si sales de esta casa para seguir a ese pendejo que te va a joder la vida, no nos vamos a volver a ver nunca ¿entendiste? Como si no hubieras existido jamás… ¡Vete de puta con quien te de la gana! Sólo te pido que tengas la decencia de no volverte a aparecer enfrente de mí.

Julia no le dijo nada, puso media botella de Bacardí en la mesa del jardín y se fue llevándoselo todo: las noches, las horas, los planes, la vida, TO-DO. Cuando Julia cerró la puerta, Adrián respiró tranquilo y comenzó a destruir metódicamente sus cuadernos, sus libros, sus fotos en el circo…

Cinco meses después, cuando Adrián leyó en el periódico que: La modelo Julia Díaz y el joven empresario Eduardo Garza fijaron la fecha de su boda para el mes que viene, ante la sorpresa y el júbilo de todos los asistentes al cóctel que el mismo Eduardo organizó para recaudar fondos en la lucha contra el SIDA…. Buscó debajo de la cama el revólver Rémington calibre .38 que su padre había dejado en la casa. Por supuesto no sabía cómo usarlo, pero le puso una bala e hizo girar el cargador como en las escenas que había visto tantas veces en las películas y se lo puso en el paladar dispuesto a probar su suerte. Pero ese día Adrián no jaló del gatillo; pasaron cinco largos años para que finalmente tirara de él disparando al aire en el patio del edificio de la calle de Amores, la única bala que tenía la pistola salió del cañón del revólver con un ruido tan estridente, que espantó a las palomas y a los escoltas de Eduardo Garza.

Si cinco años antes Adrián hubiera tenido el valor para jugar en serio a la ruleta rusa, se habría volado la tapa del cráneo en el primer tiro, pero esta no es la historia de lo que pudo haber pasado, esta es la historia de lo que pasó.

30 jul 2009

Olvídame tú

Capítulo XXII

¿Y entonces? Entonces nada… pasan poco a poco las noches, una tras otra, se acaban los tenis y se agujeran los jeans; las dos cajetillas de cigarros al día comienzan a teñir de café los pulmones, el alcohol llega cada vez más directo a la cabeza y las resacas se convierten en días completos sin poder dejar la cama. Se acaba tu carro en el tráfico, se agota tu escasa paciencia en las navidades que son siempre una sola; los mismos tíos con el consejo fácil que nadie les ha pedido, los “grandes temas” resueltos en una sobremesa llena de eructos y vino blanco y pavo al horno y regalos horrendos. El mismo abrigo para un invierno idéntico, hasta la misma tos para una gripa perpetua. La vida en dosis controladas administrada con gotero de seis a tres.

Y así se podría pasar todo el tiempo del mundo, felizmente anestesiado de rutina, hasta que un mal día, afuera de un cine, en un cafecito cursi con alfombra de colores donde las señoras hablan mal de sus hijos y de sus maridos, te la encuentras de frente. Así, sin avisos ni música de fondo previamente grabada para la ocasión. Y entonces te imaginas a Dios cruzándose de brazos mientras piensa: “Vamos a jugar un rato con este idiota que se queja de la vida dosificada”. Mueve una ficha en su tablero enorme de ajedrez urbano, y te la pone frente a la nariz dándote jaque con un viejo peón que parecía ya inservible a fuerza de no moverse nunca de su cuadro.

Igual que si te hubiera dado una patada un niño de cinco años, te quedas entre sorprendido y adolorido mientras dejas caer la taza de café que chorrea por la mesa, por tus libros, por tus jeans agujereados. La miras, te mira, tú sabes que es ella y sabes también que ella sabe que eres tú, y después el mesero, las servilletas, los libros manchados, la cara de imbécil…

Pero esta Julia que tienes junto a tu mesa no es la que cantaba a gritos usando la botella de ron como falso micrófono, no es la que se hacía tatuajes desastrosos y te dejaba mirarlos orgullosa de saber que los odiabas; tampoco es la que hace dos años salió retratada en los periódicos vestida de blanco a las puertas de una iglesia. Esta Julia es otra, es la señora Julia Garza, por eso no se le mueve ni una pestaña cuando te mira mirarla, por eso no se ríe a carcajadas de tu cara de pendejo y de tus manos torpes volcando siempre los vasos o quemándose con la colilla del cigarro.

Julia Garza mantiene la sonrisa congelada de un maniquí mientras otra señora que le habla en voz muy baja se lleva a la boca una pequeña taza de porcelana y ella, y Julia, prende un cigarro, y ella, y Julia, toma con unas pinzas terrones de azúcar, y ella, y Julia, pone la cuchara diminuta sobre un mantel adornado con florecitas rosas, y ella, y Julia, se convirtió en un cartón viejo más gris que tus días, y ella, y Julia, detuvo el reloj para no salirse del cuadro, y ella, y Julia, es ese peón y no el antiguo caballo de Troya, y ella y Julia, se ha quedado muda de parpadear tan poco, y ella, y Julia ya no mira más, y ella ¿y Julia?

Lo echamos a suerte

Capítulo XXIII

Julia no se sorprendió al ver las pupilas de Adrián mirándola, ella sabía que de algún modo, cualquier mal día de estos, lo tenía que encontrar así, sin motivo y sin previo aviso. No hubo sobresaltos ni adrenalina, más bien la invadió una profunda tristeza, unas ganas de ponerse a llorar una hora completa, un día, un año entero.

Mientras lo veía reflejado en el cristal de la ventana volcar el café sobre sus eternos libros y crear un caos de pañuelos y servilletas, disculpándose con la misma cara de sorpresa que tenía el primer día que ella se le acercó con un Marlboro en la boca, recordó de golpe las madrugadas eternas llenas de pleitos y de jadeos, de sudores y de lágrimas, de sábanas gastadas, de asuntos pendientes, de risas, de manos torpes quemando el colchón con la punta del cigarro.

Pero si Julia Díaz daba la impresión de estar hecha de piedra, Julia Garza era una pieza de mármol sirviéndose terrones de azúcar con unas pinzas diminutas y dejando ver la más falsa de sus sonrisas mientras se le agolpaban los recuerdos y se le atragantaban las lágrimas.

Julia Díaz hubiera podido levantarse de la mesa, escupirle el café en la cara a la señora (esposa de un socio de “Lalito”) que le hablaba sobre su último viaje a las Islas Canarias, y colgarse del cuello de Adrián como una boa que atrapa a un ratón. Acribillarlo con preguntas sin respuestas, con explicaciones que no van a ningún lado, con besos absurdos llenos de café y de terrones cursis.

Pero esta Julia ya no puede darse el lujo de perder el piso, tiene que terminar su café en media hora para ir a buscar a la guardería al hijo que no es suyo, para ir con el pendejo de su esposo a una cena de mierda, para dormir del lado derecho, pegada a la pared, sin moverse ni un milímetro para evitar que las manos de Eduardo le rocen la espalda.

Julia Díaz odia su nueva vida pero Julia Garza ya no puede volver atrás, sobre todo porque ya no hay nada detrás, porque Adrián es solamente lo que ha sido siempre y ella es, por lo menos, lo que no ha sido nunca.

Detrás de ti

Capítulo XXIV

El Comandante Antonio Martínez y el profesor Adrián Núñez no estaban tan lejos uno del otro. Adrián habría podido, sin problemas, jalar el gatillo de la Oxigenada en un arranque de furia, y Antonio hubiera podido ser un profesor de medio pelo con un futuro gris.

Aburrido de andar siempre solo, de comprarse amigos y de saberse temido porque su abuelo era quien era, de escuchar a escondidas canciones de salsa, impensables en el repertorio musical de su casa plagado de música clásica, Antonio comenzó a desarrollar un odio minucioso que le serviría después para abandonar la universidad, para enjuiciar a su abuelo, para perseguir a Julia, para aguantar las torturas, para ser el Comandante Antonio Martínez.

En la última discusión con su padre, Antonio recibió de frente una bofetada que le abrió el labio y le hizo cerrar instintivamente los puños. Alfredo Martínez le dijo que prefería perder un hijo a ganar un vago maricón que andaba en los tugurios bailando entre putas. ­—¡Saliste a tu abuelo!— le gritó —¡Sólo que más pendejo!

Alfredo y Luís Martínez habían tenido una discusión parecida varios años atrás. Don Luís era entonces un Comandante que se dedicaba a matar a sueldo y aceptaba sobornos de cualquiera que se los ofreciera. Cuando Alfredo salió de la facultad de Derecho, acepto un caso de violencia policial; su padre aparecía varias veces en los folios pero la mayor parte de la información estaba “clasificada”.

Cuando Alfredo cuestionó a Don Luís acerca de “sus métodos de interrogatorio” (no los llamó tortura pero estaba claro que eso eran), recibió la misma respuesta que Antonio Martínez obtuvo de él años después.

Por eso, cuando llegó a oídos de su abuelo que el Comandante había matado a un tipo afuera de un bar y que tenía fama de ser un gángster de la peor calaña, Don Luís llamó por teléfono al licenciado Alfredo Martínez y le dejó un recado en la contestadora: —No sé cómo le hiciste, pero éste sí nos salió hombrecito—. Después mandó a sus escoltas por Antonio y lo “ayudó” a convertiste en lo que él llamaba “un hombre de bien”.

Cuando enjuiciaron a Don Luís nadie supo bien a bien por qué Alfredo decidió defenderlo, tal vez porque era la última oportunidad para corregir el camino de su hijo, o tal vez para enseñarle a ambos la moraleja de que el mal siempre pierde. Sea como sea, éste no fue el caso y quien perdió fue él… lo demás estaba ya perdido de cualquier manera.

Tercera parte

¿En qué me quedé?

Welcome to the jungle

Capítulo XXV

—Ya pídete de una vez la botella ¿no? Digo, te vas a gastar más dinero así, de traguito en traguito, porque a mí todavía me queda mucha historia y sobre todo mucha sed.

¿En qué me quedé? Sí, ya me acorde… Pues te digo que iban ya todos caminando rumbo al departamento del profe, íbamos, porque yo también andaba atrás de ellos pero como te decía, tomando mi buena distancia.

El profe los llevó hasta el elevador con los brazos cruzados y el pinche Comandante ese lo traía encañonado incrustándole la pistola en la espalda. Te juro que yo pensaba pa mis adentros: “Ora sí ya nos llevó la trampa. Cuando vean a la vieja esa en el departamento le van a meter un balazo al profe y otro a mí”. Bueno, eso si me alcanzan porque ahí donde me ves, si me persiguen con un fogón en la mano puedo correr más rápido que un pinche ratero.

Total que el profe le picó al botón para que bajara el elevador y le dijo al Comandante: —¡ya quítame tu chingadera de la espalada! ¿Para dónde crees que voy a correr? Todavía no aprendo a atravesar paredes­—. —¡La próxima vez que abras el hocico sin que yo te lo pida, vas a atravesar la pared, pero del plomazo que te voy a dar pendejo! — le contestó el Comandante y subió el cañón de la pistola hasta la nuca del profe.

Se fueron ahí todos apretujados en el elevador y yo me subí en chinga por las escaleras, pero a la mitad de un escalón escuché un ruido como de pasos, fui hasta el pasillo, me asomé por la ventana pero ya no vi nada, entonces oí los gritos del Comandante diciéndole al profe que abriera la puerta y volví a correr pa arriba.

Cuando llegué ya estaban todos adentro, los guarros del trajeadín salieron del cuarto y dijeron que no había nada. —¿Dónde está cabrón?— le preguntó el Comandante al profe. —¿Dónde está qué?— le contestó como burlándose y yo me dije: “pinche profe, ahora sí le está buscando ruido al chicharrón”, y dicho y hecho, el Comandante le puso un chingadazo y el profe salió rebotando para un lado y sus lentes para el otro. —¡No te hagas el pendejo conmigo! ¿Dónde está Julia? Más te vale que aparezca ahorita antes de te ponga un plomazo!— Pero nada, la Julia ya no estaba, “¿Por dónde se habrá salido la vieja esta? Si yo no vi salir a nadie en todo el día” pensé.

Total que el profe seguía diciendo que él no sabía nada de nada, que hacía años que no veía a la Julia esa y que él no había secuestrado a nadie. Entonces el pinche Comandante lo levantó del piso, lo puso de rodillas enfrente de la pared y le apuntó con la pistola en la cabeza “pobre profe”, pensaba yo, “ya se lo cargó el carajo y todo por culpa de la vieja esa”, pero entonces pasó algo que sí ya no entendí. El Comandante se quedó como apendejado con el plomo ese enorme en la mano, luego lo guardó se dio la vuelta y agarró al trajeadín del brazo. —Venga pa acá— le dijo —Usted y yo tenemos que comernos un pollito.

El catrín lo siguió hasta la cocina, yo me salí del cuarto y me puse junto a la ventana pa oír qué estaban diciendo y ahí me enteré del pedo que andaban armando estos cabrones.

—Este pendejo no vale ni un peso— le dijo el Comandante al tal Eduardo ­—pero usted sabe tan bien como yo que Julia estaba aquí y que va a regresar. Si lo matamos, se nos fue la paloma. Hay que aguantarlo vivo hasta que Julia regrese. Digo, eso es lo que yo creo, pero igual nomás me mandaron aquí para investigar lo del secuestro, a usted le debería de importar más el asunto porque es su esposo. Además, si Julia no aparece, se va armar un escándalo y eso no nos conviene ni a usted ni a mí. Ora que si lo quiere matar, que se lo echen sus puercos, yo no me voy a meter en broncas que no son mías— dijo y se dio la vuelta. El trajeadito se quedó pensando un rato, salió de la cocina y se fue detrás del Comandante con sus guarros, que todavía traían las pistolas en la mano y volteaban para todos lados como si tuvieran miedo de que el profe sacara otro fogón.

Sinceramente tuyo

Capítulo XXVI

Mientras el profesor Adrián Núñez, arrodillado y sangrando, veía la alfombra naranja del departamento cuatro en la calle de Amores 181 con el cañón de la pistola del Comandante Antonio Martínez incrustado en la nuca, pensaba en el revólver Rémington calibre .38, cuya única bala salió creando estruendo en el aire la primera vez que jaló del gatillo. “¿Habría valido la pena?”, se preguntaba Adrián. “¿Habría valido la pena volarse la cabeza de un tiro cinco años atrás mientras Julia anunciaba su boda? ¿Vale la pena ahora?”.

Pasaron diez minutos que parecieron diez días, lentos, uno tras otro, la esfinge, el ornitorrinco, la vida dosificada, la muerte idiota, pedazos, retazos de segundos, hasta que sintió la mano helada de Julia Díaz, pero ahora el profesor no temblaba de nervios como en la prepa, ahora temblaba de terror.

Julia logró calmarlo poco a poco, pasó despacio sus manos heladas por los hombros, por los huesos de la clavícula, sintió la respiración desbocada, los pálpitos incesantes del corazón, después bajó lentamente por la cintura y con la tinta invisible de un dedo escribió, escribió algo que nunca había escrito, palabras disueltas en los dedos que su boca no dejaría escapar jamás, palabras de piel y frío, palabras que huelen a nicotina, palabras que resbalan sobre las costillas, palabras frágiles, palabras de maniquí…

­—No nos queda mucho tiempo— murmuró Adrián —tenemos que irnos y pronto.
—Nunca nos ha quedado mucho tiempo— le contestó Julia mientras sus dedos alcanzaban bajo su pecho lo que habían estado buscando.

Calaveras y diablitos

Capítulo XXVII

Julia durmió mal esa noche, cuando cerraba los ojos y estaba a punto de quedarse dormida sentía como si su cuerpo fuera a caer al vacío, como si la cama se hubiera convertido de pronto en un pozo sin fondo; después brincaba sobresaltada dando un especie de grito entrecortado y sudando frío, como le pasaba en los tiempos en que inhalaba demasiada coca.

Adrián no durmió esa noche, pero no a causa de las pesadillas de Julia, él tenía su propia agenda en la cabeza. Lo cierto es que se mantuvo dándole la espalda durante toda la noche y fingió dormir mientras ella brincaba y volvía a despertar en medio de la oscuridad del cuarto.

Adrián estaba seguro de que iban a venir por ellos, que los estaban cazando y lo único que podían hacer era correr primero, pero esa noche no sólo era la última vez que iban a dormir juntos, esa noche era la última para Julia; a ella se le terminarían las madrugadas y los días, el Bacardí y los Marlboro, el profesor y el Bendito, los cuadernos y las ganas, la minifalda y los tacones altos. A Julia no le quedaría nada porque la iban a matar a balazos exactamente en dos horas y media, mientras el profesor Adrián Núñez cerraba con llave el departamento y salía con el Marlboro numero 40 en la boca y el revólver Rémington calibre .38 en la bolsa. “¿Vale la pena?”, “¿vale la pena comenzar de nuevo lo que no comenzó nunca?”. “Hay que hacer algo Adrián y hay que hacerlo pronto”.

Cuando Julia despertó de un brinco por doceava y última vez, el profesor ya no estaba. Julia pasó una mano sobre las sábanas aún tibias donde se había hundido la espalda de Adrián, prendió el primer Marlboro del día y se quedó pensado en esas cosas que uno piensa cuando despierta de madrugada. Una repentina sensación de náusea la obligó a apagar el cigarro y correr al baño. Mientras veía su reflejo en el agua del excusado, Julia sintió, como hacía ocho años, unas ganas terribles de salir corriendo, a donde fuera, con quien fuera.

Como ya había aprendido la lección, se vistió despacio, esta vez no hizo ninguna maleta, sólo se puso los zapatos rojos, tomó su bolsa y se dispuso a irse. Llegó a la puerta pero estaba cerrada con llave, trató de salir por la diminuta ventana por donde se había fugado cuando llegaron Eduardo y el Comandante (tenía que apoyarse en el mueble del baño y tratar de alcanzar la palanca) pero esta vez opuso resistencia y no logró abrirla.

Se sentó en la cama frustrada y de mal humor, prendió otro cigarro y se imaginó a Adrián cerrando herméticamente el departamento, girando veinte veces la llave, mientras se iba quién sabe a dónde. Pensó en la cara de satisfacción del profesor cuando regresara y la encontrara encerrada como un perro, escuchó en su mente las carcajadas, las palabras irónicas que el profesor dominaba y que caían como navajas de afeitar sobre el cuerpo de Julia.

Mientras más pensaba, más se le retorcía el ceño y el estómago, así pasaron diez minutos que parecieron diez años, hasta que Julia se levantó de la cama, tomó un libro bastante grueso y de tapas duras donde se alcanzaba a leer un título extraño: Rayuela. Lo lanzó con todas sus fuerzas e hizo pedazos la ventana, tal como lo había hecho el Bendito dos días antes con el espejo enorme del motel La Loma.

Bajó despacio. Una de las puntas del cristal le hizo un corte en la pierna, brincó hasta la terraza, alcanzó por fin las escaleras de emergencia y el metal oxidado de los peldaños rugió cuando Julia apoyó los zapatos de tacón alto en ellos.

Cuando llegó al patio vio la puerta del edificio abierta, corrió hasta ella y dos pasos antes de llegar a la calle oyó un disparo. Julia Díaz ya no volvió a levantarse.

Cruz de navajas

Capítulo XXVIII

El Comandante encendió el Camel sin filtro número ocho del día mientras sostenía entre sus manos un periódico; buscó el marcador amarillo en el cajón del escritorio, pero esta vez ni siquiera le quitó la tapa. La noticia publicada en la primera plana de la prensa local, el martes 18 de octubre, era muy diferente a la última que el Comandante había subrayado el lunes 17 de ese mismo mes.

Bajo el escandaloso encabezado de: Se desarticula una peligrosa banda de narcotraficantes y secuestradores en la ciudad de México. El Comandante Antonio Martínez leyó las siguientes líneas:

Cayó en la Colonia del Valle una peligrosa célula del cártel del Golfo. Aunque el líder de la banda, Adrián Núñez, mejor conocido como “El profesor”, logró escapar, se realizaron arrestos claves que incluyen a uno de los sicarios más peligrosos de dicha organización criminal: Javier Andrade, quien tiene más de cinco averiguaciones previas pendientes en la PGR.

Se les acusa del secuestro y el asesinato de la modelo Julia Díaz (esposa del empresario Eduardo Garza) quien fue ultimada de cinco balazos el pasado domingo, así como de delincuencia organizada, extorsión y tráfico de drogas. El Comandante Antonio Martínez, responsable del caso y quien realizó las detenciones, declaró ayer en conferencia de prensa que este es un caso de corrupción que llega hasta las más altas esferas policíacas, y señaló a su abuelo, el ex Procurador de la República, Luís Martínez Zúñiga, como el autor intelectual del secuestro y asesinato de Julia Díaz.

Él (Luís Martínez), coludido con El profesor, ordenó el secuestro de Julia Díaz a una organización delictiva ligada con el cártel del Golfo que operaba en la Ciudad de México y trataron de cobrar el rescate intimidando a la familia Garza. Cuando se vieron acorralados por los efectivos anti secuestros de la PGR, mataron a balazos a Julia Díaz en el patio del edificio donde la habían mantenido cautiva. “Hay que entender que este tipo de delincuentes no tienen escrúpulos, son matones a sueldo dispuestos a todo”, dijo el Comandante Antonio Martínez.

En el departamento cuatro del edificio 181 de la calle de Amores, donde permaneció secuestrada durante más de dos meses la ahora occisa Julia Díaz, se encontraron armas de grueso calibre y cinco kilos de cocaína.

“¡La mataron como a un perro! Yo confío plenamente en la Procuraduría y en el Comandante Antonio Martínez para que den con el asesino de mi esposa y este desgraciado reciba el castigo que merece” dijo Eduardo Garza visiblemente afectado.

Hoy se giró la orden de aprehensión contra Luís Martínez Zúñiga quien será recluido mañana en un penal de máxima seguridad; su abogado Alfredo Martínez (hijo del ex Procurador) dijo que el caso era un cochinero, que el Comandante Antonio Martínez (su hijo) había sembrado evidencia falsa para perjudicar a su cliente y que iba llevar este caso hasta las cortes internacionales.

Finalmente, el Comandante Antonio Martínez dijo que contaba con las declaraciones firmadas de varios testigos, entre ellas la de Francisco Sánchez, portero del edificio, quien aseguró haber visto cómo Adrián Núñez, alias “El profesor”, disparó cinco veces contra la modelo Julia Díaz en el patio del edificio.

Al ser cuestionado sobre el posible paradero de Núñez, el Comandante dijo no poder revelar más información, pero adelantó que está trabajando hombro con hombro con la INTERPOL para lograr capturarlo lo más pronto posible.

—¡Ahora sí me los chingué a todos!— gritó el Comandante lanzando el marcador amarillo a la basura. —Ésta no la subrayo ¡Esta madre me cae que la enmarco!— dijo antes de apagar el Camel sin filtro número ocho del día; después llamó a dos de sus escoltas y les dio órdenes:
—¡Háblenle al mamón este y díganle que yo no tuve nada que ver con la muerte de su esposa! También díganle que el Bendito siempre cumple lo que promete y que voy a agarrar al cabrón este de Adrián aunque tenga que buscarlo hasta por debajo de las piedras.