Capítulo V
—Y el Comandante ese seguía duro y dale, el que te digo que armó un desmadre con lo del profe. Me sacó un buen susto, porque apenas estaba yo abriendo la reja del edificio cuando volvió a salir de la nada el güey, con lentes obscuros a las 10 de la noche ¡hazme el favor! Cuando lo vi venir no lo reconocí… Primero pensé que era el Chore (un güey que jugaba dominó con nosotros, y siempre andaba de lentes y con unas chamarras de piel bien pinches feas) y hasta iba a ir a saludarlo, pero cuando me quise bajar de la banqueta se me atoró el zapato con la coladera y casi me voy de hocico, la verdad… pues… andaba todavía medio pedo, ni pa qué mentirte. El caso es que cuando levanté la cara ya tenía al cabrón este pegado a mí como si me fuera a dar un beso, y ahí sí fue cuando me di cuenta de que no era el Chore, pero seguía yo sin reconocerlo: le vi dos anillotes en una mano y el cigarrito a medio fumar colgándole de la boca, entonces pensé que era uno de los “clientes” de la vecina (la del 9 que está bien buena ¿ya sabes cuál te digo?) pero justo cuando le iba a decir que la Adela no estaba, porque ella me dijo que si me preguntaban yo dijera eso, que me agarra del brazo y me dice: “Soy el Comandante Antonio Martínez, vengo a hacerle unas preguntas”. Se levantó la chamarra, le vi en la cintura el pinche pistolón que traía (era el mismo porque yo me acuerdo muy bien que tenía la cacha toda dorada) y colgada en el pescuezo una placa de la judicial, y ahí fue cuando comenzó todo el borlote…
Me preguntó por la muerta, esa que te digo que se llamaba Julia, y por el profesor. Que si el profe esto, que si el profe aquello, que si yo vi cuando le disparó, que si el profe andaba con los narcos, que si yo lo estaba defendiendo, ya sabes. Yo no le dije nada: “Pues más te vale que te acuerdes de algo porque chance y se me quita el buen humor y te ponga un plomazo para que hagas memoria”, me dijo el cabrón, que además seguía de necio con que yo me llamaba Javier: “Ya para qué te haces pendejo si ya te tenemos bien checadito Javier”, me decía el güey.
Total que yo le dije que no me llamaba Javier sino Francisco, que era el portero del edificio y por eso fui el primero que encontró a la muerta en la mañana.
Creo que no me creyó mucho, pero me da lo mismo, porque el profe es mi amigo; yo le prometí que no le iba a decir nada a nadie de lo que yo había visto, y no dije nada, hasta ahorita que te lo voy a contar a ti nomás porque te conozco y sé que no vas a andar de chismoso, pero primero échame otro tequilita ¿no? Pa afinar la voz…—
—Y el Comandante ese seguía duro y dale, el que te digo que armó un desmadre con lo del profe. Me sacó un buen susto, porque apenas estaba yo abriendo la reja del edificio cuando volvió a salir de la nada el güey, con lentes obscuros a las 10 de la noche ¡hazme el favor! Cuando lo vi venir no lo reconocí… Primero pensé que era el Chore (un güey que jugaba dominó con nosotros, y siempre andaba de lentes y con unas chamarras de piel bien pinches feas) y hasta iba a ir a saludarlo, pero cuando me quise bajar de la banqueta se me atoró el zapato con la coladera y casi me voy de hocico, la verdad… pues… andaba todavía medio pedo, ni pa qué mentirte. El caso es que cuando levanté la cara ya tenía al cabrón este pegado a mí como si me fuera a dar un beso, y ahí sí fue cuando me di cuenta de que no era el Chore, pero seguía yo sin reconocerlo: le vi dos anillotes en una mano y el cigarrito a medio fumar colgándole de la boca, entonces pensé que era uno de los “clientes” de la vecina (la del 9 que está bien buena ¿ya sabes cuál te digo?) pero justo cuando le iba a decir que la Adela no estaba, porque ella me dijo que si me preguntaban yo dijera eso, que me agarra del brazo y me dice: “Soy el Comandante Antonio Martínez, vengo a hacerle unas preguntas”. Se levantó la chamarra, le vi en la cintura el pinche pistolón que traía (era el mismo porque yo me acuerdo muy bien que tenía la cacha toda dorada) y colgada en el pescuezo una placa de la judicial, y ahí fue cuando comenzó todo el borlote…
Me preguntó por la muerta, esa que te digo que se llamaba Julia, y por el profesor. Que si el profe esto, que si el profe aquello, que si yo vi cuando le disparó, que si el profe andaba con los narcos, que si yo lo estaba defendiendo, ya sabes. Yo no le dije nada: “Pues más te vale que te acuerdes de algo porque chance y se me quita el buen humor y te ponga un plomazo para que hagas memoria”, me dijo el cabrón, que además seguía de necio con que yo me llamaba Javier: “Ya para qué te haces pendejo si ya te tenemos bien checadito Javier”, me decía el güey.
Total que yo le dije que no me llamaba Javier sino Francisco, que era el portero del edificio y por eso fui el primero que encontró a la muerta en la mañana.
Creo que no me creyó mucho, pero me da lo mismo, porque el profe es mi amigo; yo le prometí que no le iba a decir nada a nadie de lo que yo había visto, y no dije nada, hasta ahorita que te lo voy a contar a ti nomás porque te conozco y sé que no vas a andar de chismoso, pero primero échame otro tequilita ¿no? Pa afinar la voz…—

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