31 jul 2009

Ella usó mi cabeza como un revólver

Capítulo XXI

Mientras pasaba el tiempo, Julia se arrepentía más y más de no haber obedecido a sus piernas y salir corriendo aquella noche en que apagaba el cigarro de Adrián. No es que ya no lo quisiera, pero después de tres años, la relación entre ellos se volvió rutinaria y vacía, sobre todo el último año en el que Adrián entró a la universidad y se convirtió en otra persona.

Julia pensaba en ese tipo de cosas cuando debatía largas noches con la pared mientras Adrián leía libros cada vez más gruesos y raros; había pasado de ser un borracho amigable y acróbata, a convertirse en un intelectual de sobremesa. Julia odiaba a sus nuevos amigos de la facultad que invadían la casa todos los días y pasaban horas y horas fumando marihuana y discutiendo sobre Focault o sobre Lacan; que si Borges esto, que Tzara aquello, que si no hubiera sido mejor que Niestzsche no se hubiera atrevido a escribir nada nunca, etc.

Julia se aburría como ostra ante el desfile de nombres que por supuesto no conocía y que además le importaban un carajo. Aquellas reuniones se parecían más a un concurso de memoria que a lo que en realidad eran: un montón de pachecos en un jardín dándose aíres de grandeza y acariciándose el ego unos a otros.

Adrián no le prestaba a Julia la menor atención, sus salidas esporádicas a los bares dejaron de existir, ahora él la dejaba sola con su trago frente a la pared y sacaba libros y poemas que les mostraba a sus amigos como si fueran trofeos de caza, y todos le aplaudían como si de verdad les importara algo de lo que Adrián hacía o decía.

Así pasó casi un año, hasta que Julia cansada y aburrida hasta la náusea, buscó a sus viejas amigas de la prepa. Con ellas se inició en la mini falda y en la sonrisa fatal para entrar a los antros, con ellas probó la coca y el sexo furioso en los baños y en los asientos de los carros; con ellas, también, incursionó por primera vez en el modelaje (que no tenía nada de artístico) y así, de mano en mano, de contacto en contacto, se convirtió en edecán, y en uno de esos “eventos” fue cuando vio por primera vez a Eduardo Garza, rodeado de gente y de botellas champaña.

—Ese güey— le dijo uno de los reclutadores que la había contratado —tiene más dinero del que ninguno de nosotros vamos a ver junto en nuestra puta vida. Es el hijo de Guillermo Garza—.

Julia no tenía idea de quién era Guillermo Garza, ni de por qué su hijo tenía tanto dinero, pero cuando él le hizo señas con la mano para que se acercara a su mesa (las mismas señas que le hizo el Comandante Antonio Martínez cinco años después en el Mambo Café) Julia caminó hasta él con la más falsa de las sonrisas que ensayaba todos los días en el espejo y pensó que, después de todo, Adrián tenía razón: había que decidirse y comenzar a ganar dinero…

Tres semanas después, cuando Julia terminó de hacer su maleta meticulosamente, sin dramas, sin ademanes gastados, sin reproches inútiles, sin pedir indemnizaciones, se paró en el marco de la puerta y miró a Adrián quien escribía incansable en un cuaderno de tapas duras y azules.

—Me voy— le dijo Julia —espero que te vaya bien y que algún día, cuando seamos “adultos responsables”, me invites un trago para recodar lo que se nos fue.
—¡Lárgate!— le respondió Adrián sin voltear a verla —nada más acuérdate de que si te vas hoy, si sales de esta casa para seguir a ese pendejo que te va a joder la vida, no nos vamos a volver a ver nunca ¿entendiste? Como si no hubieras existido jamás… ¡Vete de puta con quien te de la gana! Sólo te pido que tengas la decencia de no volverte a aparecer enfrente de mí.

Julia no le dijo nada, puso media botella de Bacardí en la mesa del jardín y se fue llevándoselo todo: las noches, las horas, los planes, la vida, TO-DO. Cuando Julia cerró la puerta, Adrián respiró tranquilo y comenzó a destruir metódicamente sus cuadernos, sus libros, sus fotos en el circo…

Cinco meses después, cuando Adrián leyó en el periódico que: La modelo Julia Díaz y el joven empresario Eduardo Garza fijaron la fecha de su boda para el mes que viene, ante la sorpresa y el júbilo de todos los asistentes al cóctel que el mismo Eduardo organizó para recaudar fondos en la lucha contra el SIDA…. Buscó debajo de la cama el revólver Rémington calibre .38 que su padre había dejado en la casa. Por supuesto no sabía cómo usarlo, pero le puso una bala e hizo girar el cargador como en las escenas que había visto tantas veces en las películas y se lo puso en el paladar dispuesto a probar su suerte. Pero ese día Adrián no jaló del gatillo; pasaron cinco largos años para que finalmente tirara de él disparando al aire en el patio del edificio de la calle de Amores, la única bala que tenía la pistola salió del cañón del revólver con un ruido tan estridente, que espantó a las palomas y a los escoltas de Eduardo Garza.

Si cinco años antes Adrián hubiera tenido el valor para jugar en serio a la ruleta rusa, se habría volado la tapa del cráneo en el primer tiro, pero esta no es la historia de lo que pudo haber pasado, esta es la historia de lo que pasó.

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