31 jul 2009

These Boots

Capítulo VIII

Cuando el Bendito y Julia Díaz salieron trastabillando del Mambo Café en busca de unos tacos a las cinco y media de la mañana, Julia subió con dificultad al Chrysler verde y trató de arreglarse un poco frente al espejo retrovisor del que colgaban un par de esposas.

El Bendito abrió la guantera del coche, sacó una pequeña bolsa de plástico y se la ofreció a Julia, quien la recibió agradecida e inhaló con la destreza de una profesional, sosteniendo el polvo con la American Express de su marido.

En el motel La Loma, Julia y el Bendito hicieron todo lo que pudieron sobre una cama ancha y con sábanas tiesas como cortinas, pero, en realidad, “lo que pudieron” fue muy poco. Después de las botellas de Martell, la coca y la escala por los tacos, el Bendito trató de torear lo mejor que pudo a una Julia que logró esconder el asco y convertirlo en jadeos entrecortados que se escuchaban hasta la recepción del motel.

Mientras Julia, enredada en una toalla se cepillaba el pelo frente al espejo, el Bendito se dio cuenta que había encontrado a una mujer sin futuro y dispuesta a todo. Se sintió de pronto viejo y acartonado al ver la espalda perfecta de Julia, quien continuaba con su ritual como si estuviera hipnotizada por su propio reflejo. Al lado de la cama una de las botas de cocodrilo del Bendito mostraba su suela desgastada, él la miró y pensó que, pensándolo bien, nunca había estado con una mujer como Julia sin tener que pagarle por adelantado o sin tener que amenazarla y torturarla primero.

—Tú aquí te quedas, mi alma— dijo el Bendito mientras se ponía la cazadora roja. —No sales de aquí hasta que yo regrese y te diga lo que tienes que hacer, ¿entendiste? Yo voy a arreglar unas cosas y regreso un día de estos; por la cuenta no te preocupes, este cuarto va a ser como nuestro departamento.

Julia apenas lo miró, se quitó la toalla y se tiró a la cama; en el espejo enorme del techo vio su cuerpo desnudo, el tatuaje que se había hecho con Adrián a los diecisiete años estaba ahora desteñido y ya no significaba nada.

El Bendito encendió el Camel sin filtro número 43 del día y le lanzó a Julia una cajetilla llena antes de cerrar la puerta.

Un día después, cuándo Julia le contó a Adrián con lujo de detalle su encuentro con el Bendito, se sintió orgullosa al ver la cara de asco que el profesor no pudo ocultar. —Para que veas que yo no me vendo ni cuando me regalo— le dijo, y le ofreció un Camel sin filtro que ella ya había prendido y pintado con su labial rojo en el extremo derecho.

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