Capítulo XXIV
El Comandante Antonio Martínez y el profesor Adrián Núñez no estaban tan lejos uno del otro. Adrián habría podido, sin problemas, jalar el gatillo de la Oxigenada en un arranque de furia, y Antonio hubiera podido ser un profesor de medio pelo con un futuro gris.
Aburrido de andar siempre solo, de comprarse amigos y de saberse temido porque su abuelo era quien era, de escuchar a escondidas canciones de salsa, impensables en el repertorio musical de su casa plagado de música clásica, Antonio comenzó a desarrollar un odio minucioso que le serviría después para abandonar la universidad, para enjuiciar a su abuelo, para perseguir a Julia, para aguantar las torturas, para ser el Comandante Antonio Martínez.
En la última discusión con su padre, Antonio recibió de frente una bofetada que le abrió el labio y le hizo cerrar instintivamente los puños. Alfredo Martínez le dijo que prefería perder un hijo a ganar un vago maricón que andaba en los tugurios bailando entre putas. —¡Saliste a tu abuelo!— le gritó —¡Sólo que más pendejo!
Alfredo y Luís Martínez habían tenido una discusión parecida varios años atrás. Don Luís era entonces un Comandante que se dedicaba a matar a sueldo y aceptaba sobornos de cualquiera que se los ofreciera. Cuando Alfredo salió de la facultad de Derecho, acepto un caso de violencia policial; su padre aparecía varias veces en los folios pero la mayor parte de la información estaba “clasificada”.
Cuando Alfredo cuestionó a Don Luís acerca de “sus métodos de interrogatorio” (no los llamó tortura pero estaba claro que eso eran), recibió la misma respuesta que Antonio Martínez obtuvo de él años después.
Por eso, cuando llegó a oídos de su abuelo que el Comandante había matado a un tipo afuera de un bar y que tenía fama de ser un gángster de la peor calaña, Don Luís llamó por teléfono al licenciado Alfredo Martínez y le dejó un recado en la contestadora: —No sé cómo le hiciste, pero éste sí nos salió hombrecito—. Después mandó a sus escoltas por Antonio y lo “ayudó” a convertiste en lo que él llamaba “un hombre de bien”.
Cuando enjuiciaron a Don Luís nadie supo bien a bien por qué Alfredo decidió defenderlo, tal vez porque era la última oportunidad para corregir el camino de su hijo, o tal vez para enseñarle a ambos la moraleja de que el mal siempre pierde. Sea como sea, éste no fue el caso y quien perdió fue él… lo demás estaba ya perdido de cualquier manera.
El Comandante Antonio Martínez y el profesor Adrián Núñez no estaban tan lejos uno del otro. Adrián habría podido, sin problemas, jalar el gatillo de la Oxigenada en un arranque de furia, y Antonio hubiera podido ser un profesor de medio pelo con un futuro gris.
Aburrido de andar siempre solo, de comprarse amigos y de saberse temido porque su abuelo era quien era, de escuchar a escondidas canciones de salsa, impensables en el repertorio musical de su casa plagado de música clásica, Antonio comenzó a desarrollar un odio minucioso que le serviría después para abandonar la universidad, para enjuiciar a su abuelo, para perseguir a Julia, para aguantar las torturas, para ser el Comandante Antonio Martínez.
En la última discusión con su padre, Antonio recibió de frente una bofetada que le abrió el labio y le hizo cerrar instintivamente los puños. Alfredo Martínez le dijo que prefería perder un hijo a ganar un vago maricón que andaba en los tugurios bailando entre putas. —¡Saliste a tu abuelo!— le gritó —¡Sólo que más pendejo!
Alfredo y Luís Martínez habían tenido una discusión parecida varios años atrás. Don Luís era entonces un Comandante que se dedicaba a matar a sueldo y aceptaba sobornos de cualquiera que se los ofreciera. Cuando Alfredo salió de la facultad de Derecho, acepto un caso de violencia policial; su padre aparecía varias veces en los folios pero la mayor parte de la información estaba “clasificada”.
Cuando Alfredo cuestionó a Don Luís acerca de “sus métodos de interrogatorio” (no los llamó tortura pero estaba claro que eso eran), recibió la misma respuesta que Antonio Martínez obtuvo de él años después.
Por eso, cuando llegó a oídos de su abuelo que el Comandante había matado a un tipo afuera de un bar y que tenía fama de ser un gángster de la peor calaña, Don Luís llamó por teléfono al licenciado Alfredo Martínez y le dejó un recado en la contestadora: —No sé cómo le hiciste, pero éste sí nos salió hombrecito—. Después mandó a sus escoltas por Antonio y lo “ayudó” a convertiste en lo que él llamaba “un hombre de bien”.
Cuando enjuiciaron a Don Luís nadie supo bien a bien por qué Alfredo decidió defenderlo, tal vez porque era la última oportunidad para corregir el camino de su hijo, o tal vez para enseñarle a ambos la moraleja de que el mal siempre pierde. Sea como sea, éste no fue el caso y quien perdió fue él… lo demás estaba ya perdido de cualquier manera.

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