30 jul 2009

Welcome to the jungle

Capítulo XXV

—Ya pídete de una vez la botella ¿no? Digo, te vas a gastar más dinero así, de traguito en traguito, porque a mí todavía me queda mucha historia y sobre todo mucha sed.

¿En qué me quedé? Sí, ya me acorde… Pues te digo que iban ya todos caminando rumbo al departamento del profe, íbamos, porque yo también andaba atrás de ellos pero como te decía, tomando mi buena distancia.

El profe los llevó hasta el elevador con los brazos cruzados y el pinche Comandante ese lo traía encañonado incrustándole la pistola en la espalda. Te juro que yo pensaba pa mis adentros: “Ora sí ya nos llevó la trampa. Cuando vean a la vieja esa en el departamento le van a meter un balazo al profe y otro a mí”. Bueno, eso si me alcanzan porque ahí donde me ves, si me persiguen con un fogón en la mano puedo correr más rápido que un pinche ratero.

Total que el profe le picó al botón para que bajara el elevador y le dijo al Comandante: —¡ya quítame tu chingadera de la espalada! ¿Para dónde crees que voy a correr? Todavía no aprendo a atravesar paredes­—. —¡La próxima vez que abras el hocico sin que yo te lo pida, vas a atravesar la pared, pero del plomazo que te voy a dar pendejo! — le contestó el Comandante y subió el cañón de la pistola hasta la nuca del profe.

Se fueron ahí todos apretujados en el elevador y yo me subí en chinga por las escaleras, pero a la mitad de un escalón escuché un ruido como de pasos, fui hasta el pasillo, me asomé por la ventana pero ya no vi nada, entonces oí los gritos del Comandante diciéndole al profe que abriera la puerta y volví a correr pa arriba.

Cuando llegué ya estaban todos adentro, los guarros del trajeadín salieron del cuarto y dijeron que no había nada. —¿Dónde está cabrón?— le preguntó el Comandante al profe. —¿Dónde está qué?— le contestó como burlándose y yo me dije: “pinche profe, ahora sí le está buscando ruido al chicharrón”, y dicho y hecho, el Comandante le puso un chingadazo y el profe salió rebotando para un lado y sus lentes para el otro. —¡No te hagas el pendejo conmigo! ¿Dónde está Julia? Más te vale que aparezca ahorita antes de te ponga un plomazo!— Pero nada, la Julia ya no estaba, “¿Por dónde se habrá salido la vieja esta? Si yo no vi salir a nadie en todo el día” pensé.

Total que el profe seguía diciendo que él no sabía nada de nada, que hacía años que no veía a la Julia esa y que él no había secuestrado a nadie. Entonces el pinche Comandante lo levantó del piso, lo puso de rodillas enfrente de la pared y le apuntó con la pistola en la cabeza “pobre profe”, pensaba yo, “ya se lo cargó el carajo y todo por culpa de la vieja esa”, pero entonces pasó algo que sí ya no entendí. El Comandante se quedó como apendejado con el plomo ese enorme en la mano, luego lo guardó se dio la vuelta y agarró al trajeadín del brazo. —Venga pa acá— le dijo —Usted y yo tenemos que comernos un pollito.

El catrín lo siguió hasta la cocina, yo me salí del cuarto y me puse junto a la ventana pa oír qué estaban diciendo y ahí me enteré del pedo que andaban armando estos cabrones.

—Este pendejo no vale ni un peso— le dijo el Comandante al tal Eduardo ­—pero usted sabe tan bien como yo que Julia estaba aquí y que va a regresar. Si lo matamos, se nos fue la paloma. Hay que aguantarlo vivo hasta que Julia regrese. Digo, eso es lo que yo creo, pero igual nomás me mandaron aquí para investigar lo del secuestro, a usted le debería de importar más el asunto porque es su esposo. Además, si Julia no aparece, se va armar un escándalo y eso no nos conviene ni a usted ni a mí. Ora que si lo quiere matar, que se lo echen sus puercos, yo no me voy a meter en broncas que no son mías— dijo y se dio la vuelta. El trajeadito se quedó pensando un rato, salió de la cocina y se fue detrás del Comandante con sus guarros, que todavía traían las pistolas en la mano y volteaban para todos lados como si tuvieran miedo de que el profe sacara otro fogón.

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