31 jul 2009

Pero te vas a arrepentir

Capítulo XII

Camino al motel La Loma, un día después de haber dejado a Julia desnuda y contemplándose en el espejo, el Bendito, transformado ahora en el Comandante Antonio Martínez, se pasó varios altos mostrando con la mano derecha su placa de la Policía Judicial.

A una cuadra del motel el Comandante se detuvo en una tienda, compró una botella de Martell y pensó que, después de todo, todavía no estaba tan viejo como para pensar en casarse; total, a Julia no parecía importarle demasiado que él fuera un hijo de puta, y eso era justamente lo que el Comandante planeaba explicarle esa noche. Él quería decirle que en realidad no era un hijo de puta, que sólo hacía su trabajo y lo hacía bien, que los verdaderos cabrones eran “los de arriba”, los que le ordenaban a él limpiar las porquerías que ellos habían hecho, y eso era lo que él hacía, por eso era Comandante, por eso los peces gordos y los dinosaurios viejos confiaban en él. Sabían que mataba sin hacer preguntas, no porque le gustara hacerlo, sino porque era su trabajo y, viéndolo bien, no era peor que muchos otros trabajos en los que la gente tiene que hacer cosas malas para poder sobrevivir.

Por supuesto no era la primera vez que el Comandante ensayaba este discurso, lo tenía aprendido de memoria y, por lo general, se lo decía a sí mismo las noches en que un rescoldo de conciencia le hacía difícil el sueño, pero esta vez, pensaba el Comandante mientras metía la llave en la cerradura del cuarto, esta vez es en serio…

Por eso cuando se dio cuenta que Julia ya no estaba en el cuarto 107 del motel La Loma, donde él la había dejado, aventó la botella de Martell e hizo pedazos el mismo espejo en el que una noche antes Julia se había cepillado el cabello. Bajó las escaleras, llegó hasta el mostrador de la recepción y puso el cañón de la Mágnum .357 sobre la cabeza el gerente.

Juan Antonio Pérez, gerente del motel La Loma, dio toda clase de explicaciones al Comandante mientras éste lo sujetaba del cuello y le hundía la pistola en la cien como si quisiera taladrarle con ella el cráneo.

El Comandante Antonio Martínez nunca supo lo cerca que estuvo de morir esa noche: después de insultar y golpear al gerente, bajó lentamente la Magnum con la cacha bañada en oro, a la que el Comandante llamaba cariñosamente “la Oxigenada”, la guardó en su cinturón y se dio la vuelta rumbo al estacionamiento. Fue en ese momento cuando Juan Antonio Pérez alcanzó la escopeta Smith & Wesson que guardaba debajo del mostrador, apuntó a la cabeza del comandante e imaginó por un segundo los pedazos de sesos embarrados en la puerta de entrada del motel…Pero Juan Antonio Pérez no era Antonio Martínez, él no mataba a sueldo ni se había inventado un discurso para calmar a su conciencia, tampoco le había puesto nombre a su rifle, ni tenía influencias en la PGR, ni siquiera había disparado nunca la escopeta que ahora sostenía entre sus manos; así que quitó el ojo de la mira, y vio cómo Antonio Martínez azotaba la puerta y salía del motel La Loma dándole la espalda.

Mientras Juan Antonio Pérez se limpiaba las heridas en un pequeño baño y lloraba de rabia por no haber tenido el valor de volarle la cabeza al Comandante, Antonio Martínez estacionó el Chrysler verde frente a una casa enorme en la colonia Lomas de Chapultepec. Ahí vivía uno de los altos mandos de la Policía Secreta.

El Comandante golpeó la puerta decidido, aún sabiendo que eran las cuatro de la mañana, aún sabiendo que lo que estaba a punto de hacer podía costarle caro. Después de algunos minutos habló por el interfón: —Dígale al Coronel que el Comandante Antonio Martínez está aquí afuera. Dígale que vengo a cobrarle un favorcito.

Mientras se abrían las enormes puertas metálicas de la casa, el Comandante apagó el Camel sin filtro número 31 del día, estaba decidido a buscar a Julia hasta el último rincón de la ciudad, del país, del mundo. —El Coronel lo va a recibir ahora— le dijo un agente, y el Comandante entró a un salón inmenso lleno de cuadros horribles y con las paredes pintadas de un café nauseabundo: “Nadie se burla del Bendito” pensó, “y menos una niña bien, disfrazada de puta”.

—¡Coronel!— dijo el Comandante haciendo una especie de reverencia: —Hoy nos ponemos a mano. Necesito que me encuentre a alguien y necesito que sea rápido.

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