Capítulo XV
A la salida de la escuela, sentadas sobre una jardinera, Julia y sus amigas reían a gritos. Adrián pasó frente a ellas llevando a cuestas un enorme folder gris lleno papeles y servilletas blancas teñidas con letras finas y azules, mientras sostenía con la boca un Marlboro encendido.
Julia se paró frente a él y tuvo que detenerlo de la cintura para que no la atropellara. Adrián levantó la mirada sorprendido y ella le hizo una seña que él, todavía en shock, no logró entender, “en-cen-de-dor”, le deletreó Julia como quien le habla a un sordo. El cigarro y el folder cayeron al piso. Las amigas de Julia reían viendo a Adrián crear un caos de papeles, servilletas, cigarros, lentes y monedas que se escurrían por sus manos torpes. Después de varios intentos, encontró por fin el encendedor escondido en la bolsa derecha de sus jeans. El fuego iluminó la cara de Julia, ella ladeó un poco la cabeza y tomó la mano de Adrián mientras se encendía entre sus labios un Marlboro idéntico al que hace unos segundos había caído en la banqueta.
Adrián Núñez recordaba ese momento de una forma tan minuciosa, tan nítida, tan llena de fantasías e imágenes interminables, que dos años después, en el cine, cuando fue él quien se atrevió a tomar la mano de Julia Díaz, no logró dejar de temblar durante dos horas y media mientras Tom Cruise y Brad Pitt jugaban a Nosferatu en la pantalla.
Julia observaba intrigada el desfile de sangre y estacas cuando sintió caer sobre sus dedos una mano helada y se dio cuenta que Adrián temblaba como una hoja. Poco a poco logró calmarlo, comenzó por los nudillos, muy despacio, después, con la tinta invisible de un dedo, dibujó las líneas que marcaban unas venas enormes y saltonas, jugó con las uñas, llegó a la muñeca y luego la bajó hasta su pierna derecha. La mano de Adrián encontró entonces los muslos perfectos de Julia Díaz debajo de una falda blanca y comenzó a temblar de nuevo.
Julia y Adrián se conocieron en la prepa, pero fue hasta después de la graduación cuando se encontraron en una fiesta y cruzaron más de dos palabras. A Julia le gustaba Adrián porque estaba rodeado de una especie de misterio; durante tres años fue el único hombre de su salón que no intentó “tener algo” con ella. Adrián siempre fue inteligente y tímido, daba la impresión de estar triste todo el tiempo, no se fijaba mucho en su aspecto (ni en el de nadie), desde entonces andaba siempre con un libro en la mano y también, desde entonces, era el blanco favorito de las burlas de todos.
En el último año de la escuela, Julia esperó más de seis meses para que Adrián tuviera el coraje de hablarle, pero eso nunca sucedió; el orgullo de Julia, quien era vista por todos sus compañeros como “una mujer fatal”, cayó hasta el piso ante la pasividad inquebrantable de Adrián, quien no sólo parecía no entender la señales de Julia sino que aparentaba que no le importaban en lo más mínimo. Por eso, en la fiesta de Alejandra, Julia se acercó a él después de “darse valor” con media botella de vodka; lo tomó del brazo, le dio la vuelta hacia ella y le dijo —¿bueno, eres puto o qué? ¡Llevo medio año esperando que te me acerques y tú ni me volteas a ver! O sea que, o eres puto, o de plano eres muy pendejo—.
Adrián la miró con sorpresa, encendió el Marlboro número 22 del día y le dijo: —¿Y no se te ha ocurrido pensar que puede ser que yo no sea ni puto ni pendejo, sino que simplemente no me gustas?— A lo que Julia respondió de inmediato mientras le arrebataba el cigarro de la boca y lo llevaba a la suya: —¡No, no se me ha ocurrido! ¡Veme a mí y luego vete tú! ¡Estás ciego o qué! Mañana quiero que pases por mí a las cuatro, que esperes en la puerta media hora como debe de ser, que me lleves al cine, después a cenar y a tomar algo ¿entendiste?— Adrián prendió otro cigarro y le preguntó a Julia, quien ya le daba la espalda para regresar con sus amigas: —¿Y cómo voy a saber dónde vives?— Julia le respondió sin voltear a verlo —¡pues preguntándole a alguien, como cualquier persona normal!— Adrián sonrió divertido, consiguió la dirección de Julia y al día siguiente tocó el timbre de su casa en la colonia Roma, con dos boletos para el cine escondidos en la bolsa derecha de sus jeans, junto a un encendedor verde. Julia no lo hizo esperar tanto como le había prometido y salió azotando la puerta con una falda blanca y el cabello recogido, a las cuatro y diez en punto.
Tres meses después, mientras tomaban Bacardí en el jardín de la casa de Adrián, Julia le preguntó: —Si yo no te hubiera obligado, nunca me habrías invitado a salir ¿verdad?
—No— le contestó Adrián, dejando su trago en la mesa. Entró a su casa y salió cinco minutos más tarde con ocho cuadernos de tapas duras y azules. —Esto es lo único que yo tenía de ti — dijo. Julia abrió el primer cuaderno con curiosidad, estaba lleno desde la primera hoja hasta la última; el contenido era un diálogo imaginario que Adrián y Julia sostenían en Acapulco. Con los otros siete cuadernos ocurrió lo mismo: eran conversaciones ficticias donde Adrián hacía uso de todos sus encantos y Julia siempre terminaba cayendo rendida a sus pies: algunos ocurrían en la playa, otros en un bar, en un café, afuera de la escuela, hasta en Venecia, donde Adrián hacía callar al gondolero y le recitaba a Julia un poema, ella, con lágrimas en los ojos, le pedía que la llevara al cuarto del hotel en ese momento.
Julia se pasó toda la tarde leyendo estos encuentros fantasiosos en los que ella era la protagonista. Cuando cerró el último cuaderno miró a Adrián, quien se levantó como si esperara el veredicto final de una sentencia a muerte. —¡Me cae que sí estás bien pinche loco!— le dijo.
Adrián volvió a sentarse resignado y le preguntó: —¿Por lo menos te gustaron?— Julia le respondió divertida —sí, aunque me gustan las historias con más sexo. Pero están buenas; menos la de Venecia, ahí sí te pasaste de mamón.
A la salida de la escuela, sentadas sobre una jardinera, Julia y sus amigas reían a gritos. Adrián pasó frente a ellas llevando a cuestas un enorme folder gris lleno papeles y servilletas blancas teñidas con letras finas y azules, mientras sostenía con la boca un Marlboro encendido.
Julia se paró frente a él y tuvo que detenerlo de la cintura para que no la atropellara. Adrián levantó la mirada sorprendido y ella le hizo una seña que él, todavía en shock, no logró entender, “en-cen-de-dor”, le deletreó Julia como quien le habla a un sordo. El cigarro y el folder cayeron al piso. Las amigas de Julia reían viendo a Adrián crear un caos de papeles, servilletas, cigarros, lentes y monedas que se escurrían por sus manos torpes. Después de varios intentos, encontró por fin el encendedor escondido en la bolsa derecha de sus jeans. El fuego iluminó la cara de Julia, ella ladeó un poco la cabeza y tomó la mano de Adrián mientras se encendía entre sus labios un Marlboro idéntico al que hace unos segundos había caído en la banqueta.
Adrián Núñez recordaba ese momento de una forma tan minuciosa, tan nítida, tan llena de fantasías e imágenes interminables, que dos años después, en el cine, cuando fue él quien se atrevió a tomar la mano de Julia Díaz, no logró dejar de temblar durante dos horas y media mientras Tom Cruise y Brad Pitt jugaban a Nosferatu en la pantalla.
Julia observaba intrigada el desfile de sangre y estacas cuando sintió caer sobre sus dedos una mano helada y se dio cuenta que Adrián temblaba como una hoja. Poco a poco logró calmarlo, comenzó por los nudillos, muy despacio, después, con la tinta invisible de un dedo, dibujó las líneas que marcaban unas venas enormes y saltonas, jugó con las uñas, llegó a la muñeca y luego la bajó hasta su pierna derecha. La mano de Adrián encontró entonces los muslos perfectos de Julia Díaz debajo de una falda blanca y comenzó a temblar de nuevo.
Julia y Adrián se conocieron en la prepa, pero fue hasta después de la graduación cuando se encontraron en una fiesta y cruzaron más de dos palabras. A Julia le gustaba Adrián porque estaba rodeado de una especie de misterio; durante tres años fue el único hombre de su salón que no intentó “tener algo” con ella. Adrián siempre fue inteligente y tímido, daba la impresión de estar triste todo el tiempo, no se fijaba mucho en su aspecto (ni en el de nadie), desde entonces andaba siempre con un libro en la mano y también, desde entonces, era el blanco favorito de las burlas de todos.
En el último año de la escuela, Julia esperó más de seis meses para que Adrián tuviera el coraje de hablarle, pero eso nunca sucedió; el orgullo de Julia, quien era vista por todos sus compañeros como “una mujer fatal”, cayó hasta el piso ante la pasividad inquebrantable de Adrián, quien no sólo parecía no entender la señales de Julia sino que aparentaba que no le importaban en lo más mínimo. Por eso, en la fiesta de Alejandra, Julia se acercó a él después de “darse valor” con media botella de vodka; lo tomó del brazo, le dio la vuelta hacia ella y le dijo —¿bueno, eres puto o qué? ¡Llevo medio año esperando que te me acerques y tú ni me volteas a ver! O sea que, o eres puto, o de plano eres muy pendejo—.
Adrián la miró con sorpresa, encendió el Marlboro número 22 del día y le dijo: —¿Y no se te ha ocurrido pensar que puede ser que yo no sea ni puto ni pendejo, sino que simplemente no me gustas?— A lo que Julia respondió de inmediato mientras le arrebataba el cigarro de la boca y lo llevaba a la suya: —¡No, no se me ha ocurrido! ¡Veme a mí y luego vete tú! ¡Estás ciego o qué! Mañana quiero que pases por mí a las cuatro, que esperes en la puerta media hora como debe de ser, que me lleves al cine, después a cenar y a tomar algo ¿entendiste?— Adrián prendió otro cigarro y le preguntó a Julia, quien ya le daba la espalda para regresar con sus amigas: —¿Y cómo voy a saber dónde vives?— Julia le respondió sin voltear a verlo —¡pues preguntándole a alguien, como cualquier persona normal!— Adrián sonrió divertido, consiguió la dirección de Julia y al día siguiente tocó el timbre de su casa en la colonia Roma, con dos boletos para el cine escondidos en la bolsa derecha de sus jeans, junto a un encendedor verde. Julia no lo hizo esperar tanto como le había prometido y salió azotando la puerta con una falda blanca y el cabello recogido, a las cuatro y diez en punto.
Tres meses después, mientras tomaban Bacardí en el jardín de la casa de Adrián, Julia le preguntó: —Si yo no te hubiera obligado, nunca me habrías invitado a salir ¿verdad?
—No— le contestó Adrián, dejando su trago en la mesa. Entró a su casa y salió cinco minutos más tarde con ocho cuadernos de tapas duras y azules. —Esto es lo único que yo tenía de ti — dijo. Julia abrió el primer cuaderno con curiosidad, estaba lleno desde la primera hoja hasta la última; el contenido era un diálogo imaginario que Adrián y Julia sostenían en Acapulco. Con los otros siete cuadernos ocurrió lo mismo: eran conversaciones ficticias donde Adrián hacía uso de todos sus encantos y Julia siempre terminaba cayendo rendida a sus pies: algunos ocurrían en la playa, otros en un bar, en un café, afuera de la escuela, hasta en Venecia, donde Adrián hacía callar al gondolero y le recitaba a Julia un poema, ella, con lágrimas en los ojos, le pedía que la llevara al cuarto del hotel en ese momento.
Julia se pasó toda la tarde leyendo estos encuentros fantasiosos en los que ella era la protagonista. Cuando cerró el último cuaderno miró a Adrián, quien se levantó como si esperara el veredicto final de una sentencia a muerte. —¡Me cae que sí estás bien pinche loco!— le dijo.
Adrián volvió a sentarse resignado y le preguntó: —¿Por lo menos te gustaron?— Julia le respondió divertida —sí, aunque me gustan las historias con más sexo. Pero están buenas; menos la de Venecia, ahí sí te pasaste de mamón.

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