31 jul 2009

Adiós Princesa

Capítulo XIV

El día que Julia se casó con Eduardo Garza, Adrián (por motivos evidentes) no fue requerido ni para la ceremonia religiosa, ni para la fiesta que duró hasta las seis de la mañana en la hacienda de los padres de Eduardo. Por eso, Adrián nunca supo que Julia fue llevada al altar (y de blanco como Dios manda), por uno de sus tíos, porque el padre de Julia, Alberto Díaz, tampoco fue invitado a la boda.

Los papás de Lalito se sentían incómodos por la manera de beber del papá de Julia, además, cuando Alberto Díaz se enteró que su hija se casaba con el junior de Don Guillermo Garza, en lugar de con “el pinche mariguano ese” (como llamaba el papá de Julia cariñosamente a Adrián), en vez de frotarse las manos pensando en el dinero de los Garza, soltó una carcajada, se sirvió otro whiskey y le dijo a Julia —¡Ahora resulta que eres puta fina! ¡No mames!

La mamá de Julia había muerto diez años antes, al parecer de una enfermedad del corazón, pero Julia nunca quiso tocar el tema con Adrián. La manera de beber de Alberto Díaz ya era “incómoda” desde antes de la muerte de la madre de Julia, pero lo cierto es que desde que ella murió, Alberto Díaz no volvió a estar sobrio ni un solo día, hasta que se estrelló en la carretera México-Querétaro y murió de manera instantánea, diecisiete años después de haber enterrado a su esposa y siete años después de la muerte de Julia, su única hija.

Un amigo de Adrián le contó que en la fiesta hubo cohetes y un pastel de cinco pisos, que Julia lloró cuando Don Guillermo les dirigió unas palabras a los novios y que Eduardo se puso hasta su madre y perdieron el vuelo que los iba a llevar a París de luna de miel.

Adrián tampoco se enteró nunca de que, como Julia tardaba en embarazarse (tal vez por los anticonceptivos que se tomaba todas las noches a escondidas), Eduardo dejó finalmente preñada a una de sus empleadas cuando llevaba ya dos años casado con Julia. Don Guillermo le ofreció una buena cantidad a la madre para que se desapareciera después de tener al niño (Eduardo Garza tercero, primogénito y, como en los cuentos de hadas, heredero del reino de Don Guillermo) y así lo hizo, hasta que, años después, volvió para reclamar lo que era suyo y armó un escándalo que ocupó las primeras planas en todos los periódicos del país, cuando su hijo era ya el dueño de todas las empresas de los Garza.

El día de la boda de Julia, Adrián se tomó una botella completa de tequila y lloró durante seis horas tumbado en la alfombra anaranjada del departamento de su hermano. En la noche del segundo día, mientras Julia y Eduardo esperaban a que llegara el nuevo avión que finalmente los llevaría a París, Don Paco, el portero del edificio de la calle de Amores en el que Adrián llevaba tres meses viviendo, tocó a la puerta del departamento cuatro, enredó a Adrián con toda clase de explicaciones y preguntas, y después se lo llevó, casi arrastrando, a curarse la cruda en la cantina de la esquina.

—Órele mi profe, échese otro traguito de su medicina— dijo Don Paco mientras llenaba el vaso de Adrián con el mezcal blanco más corriente que vendían en la cantina Minerva. —No vale la pena sufrir por las viejas profe, todas son iguales. Mejor éntrele a su copita porque la noche apenas acaba de nacer— le dijo y le hizo señas al trío para que se acercara a la mesa: —¡Arránquense con una de José José, que aquí mi amigo el profe anda herido de muerte!

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