Capítulo XXX
El ingeniero enojado y harto de tener, como siempre, que arreglarle la vida a su hermano, no tuvo más remedio que acceder a las peticiones que le hacía la voz temblorosa de Adrián, quien llamó desde un teléfono público para que no pudieran “rastrear la llamada” —¡Está bien cabrón!— le dijo el ingeniero —pero en mi casa no te quedas ni un día. A diferencia de ti, yo sí tengo familia y trabajo, y no van a venir tú y tu noviecita de la prepa a joderme la vida.
—Ya te dije que sólo necesito que nos recojas en el aeropuerto y nos lleves a un hotel. Nosotros nos arreglamos solos después— le contestó el profesor. —Sí, ya me imagino cómo se van a arreglar ustedes dos ¡Siguen siendo un par de pendejos! Te juro que ahora sí no me van a sacar ni un peso.
—Yo te llamó cuando estemos allá— dijo Adrián antes de colgar el teléfono.
El profesor hacía cuentas mentales cuando escuchó los disparos, corrió hasta la puerta del edificio y a dos pasos de ella vio salir corriendo a alguien, cruzar la calle y arrancar un carro verde (“tal vez un modelo de hace dos años”, pensó mientras oía como gritaba el pavimento cuando el coche arrancó a toda velocidad).
El profesor entró al edificio y vio el cuerpo inerte de Julia Díaz a la mitad del patio, con los ojos todavía abiertos y un zapato de tacón que había quedado a unos cinco metros de ella. Adrián Núñez sintió cómo un latigazo de adrenalina y de asco le recorría el cuerpo. Era la primera vez que veía un cadáver en su vida. Corrió, pero antes de llegar al patio le fallaron las piernas, cayó de rodillas y comenzó a vomitar mientras todo el tiempo del mundo se le achicaba para siempre.
Cuando logró levantarse caminó como pudo rumbo a Julia, pero la pasó de largo y recogió su zapato huérfano. Dio cinco pasos y se desplomó junto al cadáver que parecía estar anclado al pavimento, con una mueca de terror y con la mirada que tienen los muertos. La blusa, un poco levantada, dejaba que se asomara una parte del tatuaje de la salamandra. “Este tatuaje no te va a dejar volver a dormir nunca”, recordó el profesor mientras cerraba los párpados de Julia que ahora estaban duros como si fueran de metal. Con sus últimas fuerzas volteó el cadáver y se llenó la camisa de sangre, después, con la tinta invisible de un dedo, el profesor comenzó a resanar los agujeros que las balas habían dejado en la espalda y en la nuca de Julia.
Comprendió todo de golpe. Supo que Julia había vuelto a él no para dormir a su lado, no para empezar una nueva vida, no para recuperar el tiempo perdido, ni siquiera para burlarse de sus corbatas y de su cara de idiota; Julia había escapado de su casa para morirse, era el último golpe, el knockout perfecto que ella había planeado durante cinco años de soledad y hastío; ésta era la bala del revólver que él no disparó, la carta que no le envió nunca, la palabra llena de veneno que no le dijo jamás; éste era el final mejor planeado de la historia y el profesor había participado en él como un imbécil, como un mediocre, como lo que era: un hombre sin futuro y a partir de ese día, también un hombre sin pasado.
Adrián se llevó a la boca el dedo empapado de sangre, le quedó en los labios y en el cigarro que encendió después, una mancha roja similar a las que dejaba Julia en las tazas de café: —Me hubieras matado tú primero si no hubiera manejado tan mal mis cartas— le dijo el profesor al cadáver —pero, como siempre, tú ganaste, y también como siempre, ganaste haciendo trampa— dijo y escuchó los pasos temblorosos de Don Paco, quien se acercaba a la puerta dando tumbos.
El ingeniero enojado y harto de tener, como siempre, que arreglarle la vida a su hermano, no tuvo más remedio que acceder a las peticiones que le hacía la voz temblorosa de Adrián, quien llamó desde un teléfono público para que no pudieran “rastrear la llamada” —¡Está bien cabrón!— le dijo el ingeniero —pero en mi casa no te quedas ni un día. A diferencia de ti, yo sí tengo familia y trabajo, y no van a venir tú y tu noviecita de la prepa a joderme la vida.
—Ya te dije que sólo necesito que nos recojas en el aeropuerto y nos lleves a un hotel. Nosotros nos arreglamos solos después— le contestó el profesor. —Sí, ya me imagino cómo se van a arreglar ustedes dos ¡Siguen siendo un par de pendejos! Te juro que ahora sí no me van a sacar ni un peso.
—Yo te llamó cuando estemos allá— dijo Adrián antes de colgar el teléfono.
El profesor hacía cuentas mentales cuando escuchó los disparos, corrió hasta la puerta del edificio y a dos pasos de ella vio salir corriendo a alguien, cruzar la calle y arrancar un carro verde (“tal vez un modelo de hace dos años”, pensó mientras oía como gritaba el pavimento cuando el coche arrancó a toda velocidad).
El profesor entró al edificio y vio el cuerpo inerte de Julia Díaz a la mitad del patio, con los ojos todavía abiertos y un zapato de tacón que había quedado a unos cinco metros de ella. Adrián Núñez sintió cómo un latigazo de adrenalina y de asco le recorría el cuerpo. Era la primera vez que veía un cadáver en su vida. Corrió, pero antes de llegar al patio le fallaron las piernas, cayó de rodillas y comenzó a vomitar mientras todo el tiempo del mundo se le achicaba para siempre.
Cuando logró levantarse caminó como pudo rumbo a Julia, pero la pasó de largo y recogió su zapato huérfano. Dio cinco pasos y se desplomó junto al cadáver que parecía estar anclado al pavimento, con una mueca de terror y con la mirada que tienen los muertos. La blusa, un poco levantada, dejaba que se asomara una parte del tatuaje de la salamandra. “Este tatuaje no te va a dejar volver a dormir nunca”, recordó el profesor mientras cerraba los párpados de Julia que ahora estaban duros como si fueran de metal. Con sus últimas fuerzas volteó el cadáver y se llenó la camisa de sangre, después, con la tinta invisible de un dedo, el profesor comenzó a resanar los agujeros que las balas habían dejado en la espalda y en la nuca de Julia.
Comprendió todo de golpe. Supo que Julia había vuelto a él no para dormir a su lado, no para empezar una nueva vida, no para recuperar el tiempo perdido, ni siquiera para burlarse de sus corbatas y de su cara de idiota; Julia había escapado de su casa para morirse, era el último golpe, el knockout perfecto que ella había planeado durante cinco años de soledad y hastío; ésta era la bala del revólver que él no disparó, la carta que no le envió nunca, la palabra llena de veneno que no le dijo jamás; éste era el final mejor planeado de la historia y el profesor había participado en él como un imbécil, como un mediocre, como lo que era: un hombre sin futuro y a partir de ese día, también un hombre sin pasado.
Adrián se llevó a la boca el dedo empapado de sangre, le quedó en los labios y en el cigarro que encendió después, una mancha roja similar a las que dejaba Julia en las tazas de café: —Me hubieras matado tú primero si no hubiera manejado tan mal mis cartas— le dijo el profesor al cadáver —pero, como siempre, tú ganaste, y también como siempre, ganaste haciendo trampa— dijo y escuchó los pasos temblorosos de Don Paco, quien se acercaba a la puerta dando tumbos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario