Capítulo XVI
Antes de que Antonio Martínez fuera Comandante, era más cercano a lo que ahora es, a veces, su otra identidad (que es en realidad la que más le gusta): la del Bendito.
Opacado siempre por la sombra de su padre Alfredo Martínez, célebre abogado con fama de intentar todo el tiempo defender lo indefendible, y bajo la mirada implacable de su abuelo: Don
Luís Martínez, Procurador de Justicia de la República por más de 12 años. Antonio Martínez vivió una vida fácil (económicamente hablando) y estuvo muy cerca de convertirse en lo que su padre llamaba “un hombre de bien”, hasta que abandonó la carrera de Derecho y se fue de su casa para perseguir su sueño más íntimo: convertirse en cantante de salsa.
Si bien nunca pudo formar su propio grupo y sus dotes artísticas no eran nada del otro mundo, a base de necedad a veces y de intimidación otras tantas, Antonio Martínez llegó a cantar en varios antros más o menos famosos de la ciudad.
Le gustaba cantar Pedro Navaja. En realidad, más que gustarle interpretar la canción, le gustaba actuarla: se compró el atuendo completo, se volvió diestro en el uso del cuchillo y en una ocasión estuvo a punto de hacerse recubrir un diente con oro; pero el dinero ya no le sobraba y los dentistas no aceptaban canciones como forma de pago y tampoco sucumbieron ante la persuasión de su navaja.
Tal vez por eso, algunos años después, cuando su abuelo le regaló la Mágnum .357, mandó bañar la cacha con oro de 14 kilates y aunque no la guarda en el bolsillo de su gabán, le gusta hacerla brillar cuando se descubre la camisa y deja que la Oxigenada se asome sobre su cinturón.
Nadie supo si fue por seguir la leyenda de su personaje favorito o por la adicción a la cocaína que, desde entonces, hacía que Antonio Martínez sufriera lo que los psiquiatras de la PGR llamaron después “arranques súbitos de violencia”, pero el caso es que una noche mató de dieciocho puñaladas al gerente de un bar porque éste le había negado la entrada aludiendo a su pinta de proxeneta.
El asunto hubiera sido un escándalo, pero Don Luís Martínez se enteró primero de la noticia y mandó a sus escoltas a “arrestar” a Antonio, quien en lugar de ir a dar a algún reclusorio de la ciudad, fue llevado a una bodega abandonada ubicada en la colonia Obrera Industrial. Ahí, bajo el ojo vigilante de Don Luís Martínez, Antonio fue torturado de todas las maneras posibles (por lo menos de todas las maneras que conocían los agentes) durante casi dos semanas.
Experimentó en carne propia el famoso “tehuacanazo”, los toques eléctricos en los genitales, los batazos en las plantas de los pies y quemaduras de cigarro en casi todo el cuerpo. Se podría decir que ésa fue su primera “clase de tortura”; descubrió los puntos débiles, sintió la claustrofobia del encierro, entendió el significado de la palabra terror cuando lo pusieron de espaldas contra la pared y escuchó un balazo que penetró el concreto y que le dañó para siempre el oído izquierdo.
Esas lecciones de tortura fueron las mismas que utilizó el Comandante durante muchos años, por eso le gustaba decirle a los que caían en sus manos: —Esto— repetía el Comandante mientras sostenía en una mano los cables de una batería —te va a doler más de lo que cualquier otra cosa te ha dolido en la vida. Te lo digo por experiencia.
Cuando salió de la bodega donde estuvo encerrado, Don Luís Martínez lo llevó personalmente al hospital militar, en el que Antonio Martínez permaneció más de un mes curándose de las llagas en las muñecas, inflando globos para que volvieran a soldar dos costillas rotas; lo trataron por desnutrición y por quemaduras graves en diferentes partes del cuerpo, le vendaron un hombro dislocado y tuvieron que reconstruirle el tabique de la nariz.
El día que Antonio Martínez salió del hospital, Don Luís y sus escoltas (los mismos que lo habían torturado durante más de diez días) esperaban a Antonio en una camioneta blindada en la que lo llevaron a la PGR para firmar papeles y darse de alta en las fuerzas de elite. Una semana después, Don Luís Martínez nombró a Antonio Comandante y puso a su cargo a un puñado de policías, narcotraficantes, periodistas y unos cuantos políticos de medio pelo. Ese mismo día también le regaló a la Oxigenada y le dijo con acento triunfal: —¡Que no se te olvide quién te enseñó a ser hombre!—
—No te preocupes— le contestó el Comandante a su abuelo mientras se ponía en la cintura la Mágnum .357 —te juro que esto no se me va a olvidar en todos los días que me queden de vida.
Esa noche el Comandante se disfrazó por primera vez del Bendito. Sosteniendo la placa de judicial en la mano derecha, le dijo al portero —soy el Comandante Antonio Martínez. Consígueme una mesa cerca de la pista y una botella de Martell. Llama al dueño, dile que cambió la administración y que tiene varios pagos atrasados; también dile que el Bendito no pide las cosas dos veces— Y entró caminando al local intentado reproducir el tumbao que tienen los guapos al caminar.
Antes de que Antonio Martínez fuera Comandante, era más cercano a lo que ahora es, a veces, su otra identidad (que es en realidad la que más le gusta): la del Bendito.
Opacado siempre por la sombra de su padre Alfredo Martínez, célebre abogado con fama de intentar todo el tiempo defender lo indefendible, y bajo la mirada implacable de su abuelo: Don
Luís Martínez, Procurador de Justicia de la República por más de 12 años. Antonio Martínez vivió una vida fácil (económicamente hablando) y estuvo muy cerca de convertirse en lo que su padre llamaba “un hombre de bien”, hasta que abandonó la carrera de Derecho y se fue de su casa para perseguir su sueño más íntimo: convertirse en cantante de salsa.
Si bien nunca pudo formar su propio grupo y sus dotes artísticas no eran nada del otro mundo, a base de necedad a veces y de intimidación otras tantas, Antonio Martínez llegó a cantar en varios antros más o menos famosos de la ciudad.
Le gustaba cantar Pedro Navaja. En realidad, más que gustarle interpretar la canción, le gustaba actuarla: se compró el atuendo completo, se volvió diestro en el uso del cuchillo y en una ocasión estuvo a punto de hacerse recubrir un diente con oro; pero el dinero ya no le sobraba y los dentistas no aceptaban canciones como forma de pago y tampoco sucumbieron ante la persuasión de su navaja.
Tal vez por eso, algunos años después, cuando su abuelo le regaló la Mágnum .357, mandó bañar la cacha con oro de 14 kilates y aunque no la guarda en el bolsillo de su gabán, le gusta hacerla brillar cuando se descubre la camisa y deja que la Oxigenada se asome sobre su cinturón.
Nadie supo si fue por seguir la leyenda de su personaje favorito o por la adicción a la cocaína que, desde entonces, hacía que Antonio Martínez sufriera lo que los psiquiatras de la PGR llamaron después “arranques súbitos de violencia”, pero el caso es que una noche mató de dieciocho puñaladas al gerente de un bar porque éste le había negado la entrada aludiendo a su pinta de proxeneta.
El asunto hubiera sido un escándalo, pero Don Luís Martínez se enteró primero de la noticia y mandó a sus escoltas a “arrestar” a Antonio, quien en lugar de ir a dar a algún reclusorio de la ciudad, fue llevado a una bodega abandonada ubicada en la colonia Obrera Industrial. Ahí, bajo el ojo vigilante de Don Luís Martínez, Antonio fue torturado de todas las maneras posibles (por lo menos de todas las maneras que conocían los agentes) durante casi dos semanas.
Experimentó en carne propia el famoso “tehuacanazo”, los toques eléctricos en los genitales, los batazos en las plantas de los pies y quemaduras de cigarro en casi todo el cuerpo. Se podría decir que ésa fue su primera “clase de tortura”; descubrió los puntos débiles, sintió la claustrofobia del encierro, entendió el significado de la palabra terror cuando lo pusieron de espaldas contra la pared y escuchó un balazo que penetró el concreto y que le dañó para siempre el oído izquierdo.
Esas lecciones de tortura fueron las mismas que utilizó el Comandante durante muchos años, por eso le gustaba decirle a los que caían en sus manos: —Esto— repetía el Comandante mientras sostenía en una mano los cables de una batería —te va a doler más de lo que cualquier otra cosa te ha dolido en la vida. Te lo digo por experiencia.
Cuando salió de la bodega donde estuvo encerrado, Don Luís Martínez lo llevó personalmente al hospital militar, en el que Antonio Martínez permaneció más de un mes curándose de las llagas en las muñecas, inflando globos para que volvieran a soldar dos costillas rotas; lo trataron por desnutrición y por quemaduras graves en diferentes partes del cuerpo, le vendaron un hombro dislocado y tuvieron que reconstruirle el tabique de la nariz.
El día que Antonio Martínez salió del hospital, Don Luís y sus escoltas (los mismos que lo habían torturado durante más de diez días) esperaban a Antonio en una camioneta blindada en la que lo llevaron a la PGR para firmar papeles y darse de alta en las fuerzas de elite. Una semana después, Don Luís Martínez nombró a Antonio Comandante y puso a su cargo a un puñado de policías, narcotraficantes, periodistas y unos cuantos políticos de medio pelo. Ese mismo día también le regaló a la Oxigenada y le dijo con acento triunfal: —¡Que no se te olvide quién te enseñó a ser hombre!—
—No te preocupes— le contestó el Comandante a su abuelo mientras se ponía en la cintura la Mágnum .357 —te juro que esto no se me va a olvidar en todos los días que me queden de vida.
Esa noche el Comandante se disfrazó por primera vez del Bendito. Sosteniendo la placa de judicial en la mano derecha, le dijo al portero —soy el Comandante Antonio Martínez. Consígueme una mesa cerca de la pista y una botella de Martell. Llama al dueño, dile que cambió la administración y que tiene varios pagos atrasados; también dile que el Bendito no pide las cosas dos veces— Y entró caminando al local intentado reproducir el tumbao que tienen los guapos al caminar.

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