31 jul 2009

Cuentos compartidos

Capítulo XVII

Adrián y Julia no salían casi nunca. La casa de aquél se había convertido en su refugio porque vivía prácticamente solo en un terreno enorme cerca de la plaza de Coyoacán. Los padres de Adrián se habían ido a California desde hacía dos años y su hermano, el ingeniero, se pasaba todo el día en la universidad ocupado en quién sabe qué proyecto de robótica.

—Aquí tenemos todo, ¿para qué nos vamos a gastar dinero a lo güey?— le decía Adrián a Julia las pocas veces que ella quería salir a algún lado. La verdad es que Julia y Adrián habían tenido ya varios “incidentes” en los bares cercanos.

Una noche, mientras Adrián trataba de enseñarle a Julia una “acrobacia” que había aprendido de niño en una de sus múltiples visitas al circo (cuando tenía seis años Adrián se juró a si mismo que algún día sería trapecista), se tropezó con la pata de una silla y cayó de espaldas sobre una mesa donde un tipo y su novia tomaban vino tinto. Adrián le abrió el labio a la mujer de un codazo y él se hizo una herida en la cabeza que requirió de cuatro puntadas cuando golpeó con la nuca la mesa de metal. El novio de la sangrante dama hizo lo propio y le dio de patadas a Adrián mientras éste se retorcía con la cara ensangrentada. Julia tomó entonces con la mano derecha la botella de Bacardí y la lanzó contra el hombre que golpeaba a Adrián, con tan buena puntería, que le dio exactamente a la mitad de la cara; cuando él se desplomó y cayó al piso justo al lado de Adrián, dos meseros sujetaron a Julia de las manos. Por supuesto llegaron la policía y la ambulancia. Julia fue llevada a los separos acusada de daños y lesiones, y según lo que le decía el policía en el camino, chance y hasta la procesaban por intento de homicidio y entonces sí la cosa se ponía complicada.

Después de tres horas, el ingeniero llegó al Ministerio Público, sobornó a cuatro policías, a un juez y hasta a un Comandante, un tal Antonio Martínez y sacó a Julia de la celda antes de que se levantaran cargos contra ella.

Casi eran las cinco de la mañana cuando por fin llegaron a casa de Adrián. Al verlo todo vendado de la cabeza como si trajera un turbante, con un ojo entre morado y verde y sosteniendo en la mano una cuba, Julia soltó una carcajada y le dijo: —¡Me cae que la acrobacia te salió de poca madre! Enséñale a tu hermano cómo es­— dijo apuntando a Rubén Núñez (el ingeniero), mientras Adrián reía también a carcajadas y hacía reverencias ante Julia como si estuviera agradeciendo su acto de cirquero. —¡Son un par de pendejos!— les gritó el ingeniero. —¡No creas que mis papás no se van a enterar de esto!— dijo mientras señalaba a Adrián quien no podía dejar de reírse; Julia fue a abrazarlo y entonces el ingeniero apuntó el mismo dedo hacia ella y le dijo: —¡Y tú pinche loca, casi matas a alguien hoy y todavía te ríes! ¡Ni creas que te salió gratis el numerito, los dos me van a pagar cada peso que gasté en sus estupideces! Además ¿qué no tienes casa o qué?— Julia trató de responderle pero no pudo, lloraba de risa y tuvo que tirarse al piso y sujetarse el vientre mientras Adrián le servía tequila en un caballito.

Este tipo de eventos eran bastante comunes cuando Adrián y Julia decidían salir a la calle con más de un trago encima, por eso Adrián hacía todo lo posible por quedarse con Julia en su casa y hacer sus actos en privado. De todas maneras, cada vez que recordaban “la noche de la acrobacia”, volvían a reír como idiotas y la gente los miraba pensando justo eso: que eran un par de idiotas.

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