Capítulo VII
—¿Tú crees que cuando seamos “adultos responsables” nos vamos a arrepentir de todo el tiempo que hemos pasado chupando y oyendo música en tu pinche jardín?
—No tengo idea… Supongo que sí, por lo menos yo sí, porque de todas maneras me paso el día arrepintiéndome de todo, de lo que dije, de lo que no dije, de lo que hice, de lo que no hice. Es un círculo sin fin
—Bueno, pero eso es porque tú te das tus aires de intelectual y estás todo el tiempo pensando en tus libritos. Por eso tienes la cabeza llena de mierda y te encanta andarte haciendo preguntas sin respuesta y dándote golpes de pecho como si de verdad te importaran “las grandes preguntas”.
—Pues sí, tienes razón… en parte, porque la verdad es que esas que tú llamas “grandes preguntas”, son las mismas que nos hacemos todos. Nada más que hay gente como tú que se pone su máscara de “a mí la vida me vale madres, yo vivo el momento”. Y eso, Julia, es mucho más falso que aceptar que hay cosas que sí te importan y que te superan por completo.
—Ya, ya papá, quítale dos huevitos al arroz. Yo te hice una pregunta sencilla y tú sales con una de tus explicaciones que nadie entiende y que además, nadie te preguntó. Así que olvídalo y ahórrate las clases.
—Está bien, está bien, no vamos a empezar a discutir otra vez ¿Tú qué crees? ¿Crees que nos vamos a dar de topes contra la pared por habernos pasado dos años tomando Bacardí sin hacer nada “productivo”?
—Yo creo que sí, aunque igual no me preocupa demasiado. Me consigo un güey con lana y medio pendejo, me caso, tengo hijitos, juego canasta con otras rucas y ya estuvo. Al que le debería de preocupar es a ti, porque no eres que digamos un galán y además no cierras la boca ni aunque te la cosan, así que creo que va a estar medio difícil que venga a rescatarte tu princesita azul.
—¡Hoy sí andas súper profunda, eh! Lo de la princesa azul fue el remate magistral del lugar común.
—¡Vete al carajo y sírveme otro trago!
—¡Oye tranquilita eh! ¡Que yo no soy el pendejo que te va a pagar el “Spa” y el crucero! A mí me hablas bonito, o por lo menos, me das los beneficios exclusivos del marido ¿no?
—¡Eso quisieras güey! Imagínate que nuestros hijos se apellidaran “Núñez Díaz” ¿Así o más corriente?
—Sí, la verdad sí suena horrible… ¿Oye tú crees que cuándo los dos estemos casados sigamos siendo amigos y salgamos así en parejitas? ¿O crees que ya estamos predestinados a buscarnos y no encontrarnos nunca, aunque estemos sentados uno al lado del otro?
—¡No, no mames! No vamos a empezar otra vez y ¿serías tan gentil de pasarme el chupe princesita?
Ésa era, más o menos, la plática que Julia recordaba mientras subía las escaleras (los elevadores siempre le dieron pánico) para llegar al departamento de Adrián; y no se acordaba por nada en particular, era como si su mente le hubiera traído la grabación de uno de los momentos más triviales y comunes que ella había pasado al lado del profesor hacía ya más de siete años. Igual, Julia sonreía tratando de no soltar la carcajada al lado del portero, quien, por cierto, ya la había puesto bastante nerviosa: tenía cara como de loco y Julia se dio cuenta que le miraba las piernas cada vez que ella subía un escalón antes que él.
—Le dije que era más rápido por el elevador—. Dijo el portero, y antes de darle tiempo de decir nada le preguntó: —Oiga ¿y usté de dónde conoce al profe? Digo, si no es indiscreción— Julia lo miró y estaba a punto de responderle cuando Adrián abrió la puerta.
—¿Tú crees que cuando seamos “adultos responsables” nos vamos a arrepentir de todo el tiempo que hemos pasado chupando y oyendo música en tu pinche jardín?
—No tengo idea… Supongo que sí, por lo menos yo sí, porque de todas maneras me paso el día arrepintiéndome de todo, de lo que dije, de lo que no dije, de lo que hice, de lo que no hice. Es un círculo sin fin
—Bueno, pero eso es porque tú te das tus aires de intelectual y estás todo el tiempo pensando en tus libritos. Por eso tienes la cabeza llena de mierda y te encanta andarte haciendo preguntas sin respuesta y dándote golpes de pecho como si de verdad te importaran “las grandes preguntas”.
—Pues sí, tienes razón… en parte, porque la verdad es que esas que tú llamas “grandes preguntas”, son las mismas que nos hacemos todos. Nada más que hay gente como tú que se pone su máscara de “a mí la vida me vale madres, yo vivo el momento”. Y eso, Julia, es mucho más falso que aceptar que hay cosas que sí te importan y que te superan por completo.
—Ya, ya papá, quítale dos huevitos al arroz. Yo te hice una pregunta sencilla y tú sales con una de tus explicaciones que nadie entiende y que además, nadie te preguntó. Así que olvídalo y ahórrate las clases.
—Está bien, está bien, no vamos a empezar a discutir otra vez ¿Tú qué crees? ¿Crees que nos vamos a dar de topes contra la pared por habernos pasado dos años tomando Bacardí sin hacer nada “productivo”?
—Yo creo que sí, aunque igual no me preocupa demasiado. Me consigo un güey con lana y medio pendejo, me caso, tengo hijitos, juego canasta con otras rucas y ya estuvo. Al que le debería de preocupar es a ti, porque no eres que digamos un galán y además no cierras la boca ni aunque te la cosan, así que creo que va a estar medio difícil que venga a rescatarte tu princesita azul.
—¡Hoy sí andas súper profunda, eh! Lo de la princesa azul fue el remate magistral del lugar común.
—¡Vete al carajo y sírveme otro trago!
—¡Oye tranquilita eh! ¡Que yo no soy el pendejo que te va a pagar el “Spa” y el crucero! A mí me hablas bonito, o por lo menos, me das los beneficios exclusivos del marido ¿no?
—¡Eso quisieras güey! Imagínate que nuestros hijos se apellidaran “Núñez Díaz” ¿Así o más corriente?
—Sí, la verdad sí suena horrible… ¿Oye tú crees que cuándo los dos estemos casados sigamos siendo amigos y salgamos así en parejitas? ¿O crees que ya estamos predestinados a buscarnos y no encontrarnos nunca, aunque estemos sentados uno al lado del otro?
—¡No, no mames! No vamos a empezar otra vez y ¿serías tan gentil de pasarme el chupe princesita?
Ésa era, más o menos, la plática que Julia recordaba mientras subía las escaleras (los elevadores siempre le dieron pánico) para llegar al departamento de Adrián; y no se acordaba por nada en particular, era como si su mente le hubiera traído la grabación de uno de los momentos más triviales y comunes que ella había pasado al lado del profesor hacía ya más de siete años. Igual, Julia sonreía tratando de no soltar la carcajada al lado del portero, quien, por cierto, ya la había puesto bastante nerviosa: tenía cara como de loco y Julia se dio cuenta que le miraba las piernas cada vez que ella subía un escalón antes que él.
—Le dije que era más rápido por el elevador—. Dijo el portero, y antes de darle tiempo de decir nada le preguntó: —Oiga ¿y usté de dónde conoce al profe? Digo, si no es indiscreción— Julia lo miró y estaba a punto de responderle cuando Adrián abrió la puerta.

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